sería admitir que te puedo olvidar”
martes, 17 de enero de 2023
RECORDAR, DORMIR, PENSAR
sería admitir que te puedo olvidar”
lunes, 2 de enero de 2023
EL SENTIDO DE LA VIDA
El sentido de la vida es una película descacharrante de los Monty Python que contiene más filosofía que muchos tratados profundos de sesudos pensadores. Estos sesudos pensadores se pasan la vida intentando explicarlo y sus respuestas son variopintas. Unos hablan de poder, voluntad, autocontrol y autoconciencia. Otros de razón, lógica y conocimiento. Otros de sentimientos, emociones y placer. Otros de equilibrio, paz interior y desapego. Otros de libertad, igualdad, solidaridad, justicia y bien común. Otros de trascendencia y espiritualidad. Y otros hablan de todo lo que se nos pueda ocurrir, porque todos somos filósofos, aunque no lo sepamos. Eso suponiendo que la vida tenga sentido, cosa que decía Camus al afirmar que el sentido de la existencia es la propia existencia y que el valor de la vida es el que nosotros le demos. No sé si eso tiene que ver con resignarse y asumirse, con sobrevivir y adaptarse o con ser modernos Sísifos del esfuerzo incesante.
Al igual que la filosofía, las ideologías también nos han ayudado a encontrar ese sentido a la vida. La modernidad nos ayudó trayendo ideas sólidas y la postmodernidad trayendo ideas líquidas, por no decir gaseosas y evanescentes. Y de ahí los sólidos conceptos modernos (comunismo, socialismo, anarquismo, liberalismo, etc.), que han sido sustituidos por otros postmodernos, líquidos y gaseosos, que son relatos emocionales de fragmentación y deconstrucción. Casi echamos de menos los antiguos y sólidos comunismo y capitalismo, enfrentados en el siglo XX en guerras muy sólidas. Pero han sido sustituidos por los líquidos, emocionales y postmodernos conceptos de wokismo, identitarismo y globalismo (neo)liberal. Y ahí estamos, en el mundo postmoderno del vacío, el pensamiento débil y la nada del espectáculo del capitalismo de ficción. Todo ello aderezado con sentimentalismo prêt-à-porter y emocionalidad low cost, para estar convenientemente anestesiados y manipulados en las actuales guerras cognitivas, en las que pensamos poco y sentimos mucho. O sea, poca crítica y muchas tragaderas, poco lóbulo frontal y mucha visceralidad.
Esta tendencia social a formar comunidades y colectivos sigue, pero ahora a escala global. Por eso nos preguntamos hacia dónde va ese sentido de la vida a escala planetaria. La respuesta quizás está en el “Nuevo Reinicio o Reseteo”, idea de Klaus Schwab, el gurú del Foro Davos. O en la Agenda 2030, con lo que el sentido de la vida estaría vinculado a la sostenibilidad del planeta y la ecología. O en el Club Bilderberg. Quizás esté en un mundo globalizado y multipolar en el que Occidente ya no será el director. Quizás sea una “Nueva Edad Media Tecno-feudal” con nuevos señores y vasallos. Quizás sea la coexistencia entre una nueva “aristocracia global” y un pueblo llano inmerso en un neodarwinismo social individualista. Esta nueva aristocracia global y nuevos señores feudales serían la élite capitalista mundial formada por multinacionales, grandes empresas tecnológicas o Big Tech (Google, Apple, Facebook, Amazon), empresas farmacéuticas o Big Farm (Pfizer, Roche, Janssen), fondos de inversión (BlackRock, Vanguard), empresas del complejo militar-industrial (Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, General Dynamics), oligarquías financieras, banca y magnates. Ese es el poder actual que condiciona nuestra vida, porque el dinero que manejan es superior al PIB de muchos Estados.
Y ante este panorama oscuro de grandes poderes que condicionan nuestra vida, ¿qué podemos hacer? ¿Revolución, rebelión, reforma, abstención? ¿Tenemos poder personal para dar sentido a nuestras vidas? ¿Pensar globalmente y actuar localmente? Lao Tse decía que “el que se domina a sí mismo es poderoso”. Sócrates, Séneca y Baltasar Gracián hablaban de ser dueños de uno mismo, saber controlarse y de conocerse a sí mismo. Lo que hoy se llama inteligencia emocional como conocimiento y gestión de las propias emociones. O en román paladino, fortaleza mental, autocontrol y autodisciplina, conceptos no muy en boga en la actual sociedad de consumo y ficción que invita a la dejadez y comodidad de un cierto pasotismo hedonista, en el que somos desertores de nosotros mismos y meros espectadores en la actual sociedad del espectáculo.
La sicología nos habla de la necesidad de encontrar una motivación para que la vida tenga sentido, tener razones y algo por lo que vivir, para que la vida sea más llevadera y podamos levantarnos tras las caídas. Y para ello es importante la autoconciencia y conexión con uno mismo. Y a ser posible, llegar a estados de flujo o fluidez (flow), en los que lo importante es la tarea, no el objetivo. La neurociencia nos habla de circuitos de placer-recompensa, hormonas de la felicidad y hormonas del estrés. Quizás el sentido de la vida esté en la gratificación demorada de objetivos vitales y no en placeres instantáneos, rápidos y sin sentido.
El sentido de la vida no debería ser el “yo, mi, mío”, sino aprovechar nuestro tiempo. O aprender por el método ensayo-error. O saber que lo que realmente da miedo no es morir, sino no vivir plenamente. O el arte de saber morir, porque lo importante es el camino, no el final. O sea, el arte de vivir. Y para que haya arte debería haber amor por la vida, por las personas y por las cosas. Como dice la canción final de “La vida de Brian”, “ver el lado brillante de la vida”. Porque la vida es en sí misma brillante. Aunque habrá alguno que vea el lado oscuro, como decía Lou Reed cuando aconsejaba tomar el camino salvaje. O sea, atreverse a vivir con riesgos. El riesgo de llegar a la verdad, como cuando Antonio Machado decía “¿Tu verdad?, no, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela”.
Vale, nos guardamos nuestra verdad. Pero entonces, si la verdad no existe, si todo es relativo, si han desaparecido las ideas absolutas y sólidas porque han sido sustituidas por las relativas y líquidas, si todo es discutible y ya no se diferencia entre verdad, postverdad, certezas, bulos, realidades y fakes, ¿qué nos queda? ¿resistir? Quizás el sentido de la vida sea darnos cuenta de que somos tan pequeños y tan relativos que solo nos queda resistir. Y que el sentido de la vida es eso, resistir. Que no es poco, porque como decía Cela "el que resiste, gana."
viernes, 16 de diciembre de 2022
EL CLIENTE
El primer caballo de batalla de la Revolución Francesa, junto con la Ilustración, que necesariamente debía hacerse extensiva a las masas para que tuviera un significado, fue la invención de la palabra ciudadano. El ciudadano debía sustituir al súbdito, de la misma forma que la Ilustración y el gobierno republicano debían sustituir al feudalismo y a la creencia en ideas sobrenaturales respecto al Universo y la naturaleza humana. Toda comunidad debía regirse por un contrato social, ese del que hablaba Rousseau, un contrato que eliminase la estratificación de la sociedad en unas castas tan parasitarias y rígidas que causaran la artrosis de la vida económica, intelectual y cultural. Si bien no se eliminaba ni se pretendía eliminar la idea de jerarquía, sí que se buscaba un mundo en el que predominaran la libre circulación de las ideas y la igualdad de los ciudadanos ante la ley y también en sus derechos económicos, aunque esto último no fuese formulado con la misma claridad.
Por supuesto que el Ancien Régime no se resignó en ningún momento a la derrota. Ni tampoco se conformó con que Napoleón enterrase la misma revolución desde el momento de su llegada al poder, sino que se apresuró a restaurar la monarquía, aunque fuese bajo un barniz parlamentario, una vez consumada la derrota de Waterloo y la victoria de las grandes monarquías europeas del imperio austríaco, la Rusia zarista y el Reino Unido. El derecho a voto se limitaba en todos los países europeos así como en los Estados Unidos a aquellos varones que dispusieran de unos elevados ingresos económicos, y, por supuesto, el voto femenino era todavía una entelequia que no se convertiría en realidad hasta bien entrado el siglo XX (en países como Suiza, las mujeres no obtuvieron el derecho al voto hasta 1971). Hicieron falta varías revoluciones (1830, 1848, y la gran masacre en que terminó la comuna de París de 1871) para que lo que se consideró como derechos de la ciudadanía fuese ampliado. Y todavía hubo que esperar a la Revolución Rusa de 1917, el Crack de 1929 y la Segunda Guerra Mundial para que el mundo experimentase tal sacudida que la burguesía de los países avanzados fuera aceptando programas como el New Deal americano o el llamado estado del bienestar europeo.
La auténtica discusión desde entonces ha consistido en dilucidar en qué consistían verdaderamente los llamados derechos humanos. ¿Debían cubrir únicamente el derecho a la libre expresión y el derecho a la libre empresa, como sería la interpretación más primitiva de la constitución norteamericana, por ejemplo, o debían extenderse a derechos sociales tales como la vivienda, la atención sanitaria universal, la educación gratuita, la no discriminación por motivos raciales, etc.? El punto de vista de las sociedades europeas, influidas no sólo por el keynesianismo sino también por el temor a que se reprodujeran en su seno las revoluciones del pasado, fue que esos derechos considerados como “sociales” eran irrenunciables y debían ser garantizados en la misma constitución. En países como España, se ha convertido casi en un chiste el que diversos artículos de la carta magna garanticen el derecho al trabajo y a la vivienda en situaciones de crisis económica galopante cuando millones de personas se encuentran en el desempleo o afrontando una situación de desahucio. Y sin embargo, el mero hecho del reconocimiento formal de unos derechos que no se disfrutan indica que estos siguen siendo un objetivo deseable para el conjunto de la sociedad. El estado que incumple su propia constitución queda en una situación de hipocresía flagrante, pero a la vez la ciudadanía es del todo consciente de que esos derechos le pertenecen aunque sea sólo en abstracto.
¿Pero qué ocurre cuando estos derechos no son reconocidos como tales, sino que se consideran casi como un privilegio que cada individuo debe ganarse por su propia cuenta? Ese sería el caso de los Estados Unidos surgidos de la contrarrevolución neoliberal iniciada en los años 80, uno de los pocos países del mundo que ni siquiera reconoce el derecho de los trabajadores a tener días de permiso por enfermedad renumerados, o al menos es así en la mayoría de sus grandes empresas. En casos como este, no cabe apelar a una constitución ni a un ordenamiento legal que ampare esos supuestos derechos, sino que lo verdaderamente rige es el poder de compra de cada individuo. Es decir, la capacidad económica de comprarse los días de baja o incluso la propia salud. El ciudadano se encuentra así transformado en un cliente al cual sólo le asiste el derecho a reclamar en la medida en que haya invertido su dinero en la adquisición de un determinado servicio, da lo mismo que sea un automóvil, una aspiradora o un tratamiento contra el cáncer. De hecho, el primer paso de las compañías aseguradoras americanas al cerrar una póliza de seguro de enfermedad con un determinado cliente es asegurarse de que éste no padezca ningún tipo de “condición previa”. Es decir, una enfermedad congénita o hereditaria que haga poco menos que inevitable el que este individuo tenga que someterse en un determinado momento de su vida probablemente no muy lejano a un tratamiento de elevado coste que haga que la contratación del seguro no sea rentable para la compañía. En ese caso, las únicas perspectivas del posible cliente son o bien contratar el seguro a un precio elevadísimo o bien renunciar por completo al mismo con la casi certeza de una muerte prematura en cuanto la enfermedad haga su aparición.
Pero por supuesto, también los clientes, aunque les haya sido arrebatada su condición de ciudadanos, siguen teniendo montones de derechos, empezando por el derecho a la pataleta, que es el único que por lo general consiguen ejercer. De hecho, las organizaciones de consumidores proliferan por todo el mundo occidental, por mucho que los éxitos que obtengan sean más bien raquíticos. Lo que ocurre es que es mucho más fácil devolver una aspiradora defectuosa que resarcirse de, por ejemplo, una temporada durmiendo al raso o en el interior del propio coche -seguramente de segunda mano- al no poder tampoco costearse una vivienda o una simple habitación, pues también la vivienda es meramente una mercancía que adquirir y no un derecho. El hecho de tener un empleo ya no garantiza de ninguna manera poder pagar un alquiler y mucho menos aún una hipoteca, ya que los precios del mercado inmobiliario suelen exceder el salario medio de la mayoría de los trabajadores. Y puesto que la vivienda pública, especialmente en países como España, no es sino un último recurso que se disputan miles de personas, la inmensa mayoría debe seguir o bien bajo la protección indeseada de sus padres, o bien arriesgarse a contraer una hipoteca que le mantendrá atado de pies y manos durante treinta años de su vida. En Estados Unidos a esta hipoteca inmobiliaria se le suele sumar la hipoteca adquirida durante la época universitaria para poder sufragarse los estudios, ya que el buen sentido del “common man” americano decidió que “yo no tengo que pagarle los estudios a nadie con mis impuestos”, aunque eso signifique que los seguidores de tan preclara filosofía puedan acabar a su vez cargando con deudas que ellos tampoco pueden saldar y que lastran toda su existencia posterior.
En definitiva, también los partidos políticos tienen sus clientes, que, en el caso de los partidos llamados de “izquierdas”, tienen poco que ver con el electorado que les regala -nunca mejor dicho- su voto. Obama supo vender la patraña del “crowdfunding” como fuente de financiación de su campaña electoral, pero sus auténticos valedores eran más bien individuos como Jamie Dimon de JPMorgan Chase, otras organizaciones bancarias de Wall Street y los barones de Silicon Valley, por lo que no es de extrañar que la gran crisis económica de la primera década de este siglo se resolviera reflotando a los bancos con dinero público en lugar de usar ese dinero para reflotar a los ciudadanos -ahora ya simples clientes- que habían sido víctimas de las estratagemas financieras de los grandes magnates.
También los alumnos de las universidades han pasado a ser simples clientes, de los que sólo se espera que sepan aquello que es estrictamente “útil”, con lo cual muchas carreras universitarias han perdido todo su valor o sentido, o, en todo caso, deben ser recicladas o reformuladas de una manera que convenga a la religión hegemónica neoliberal imperante si no es que simplemente desaparecen. El caso extremo lo conforman las facultades de economía de casi todo el mundo que, siguiendo el modelo instaurado al otro lado del Atlántico, han purgado de su personal académico a la práctica totalidad de los profesores que no comulguen con la doctrina al uso.
martes, 6 de diciembre de 2022
ENEMIGO MÍO (o El club de la lucha)
En el mundo virtual de Internet también hay violencia. Así, el filósofo Santiago Alba Rico habla de “violencia simbólica” en las redes, “territorialidad virtual” (disputar, marcar y ganar territorio), esgrima intelectual, visceralidad y afirmación de nuestra identidad frente a los otros. Por tanto, nada nuevo bajo el sol, hemos trasladado nuestro comportamiento violento y agresivo a las redes sociales, utilizando un lenguaje bélico lleno de insultos y exabruptos. Por eso Don Arturo, en el Blog “Puntadas sin hilo”, se quejaba de que le habían ofendido y nadie le defendía. Este comportamiento violento sigue en las actuales Guerras Foreras del Blog, en las que hay que darse estopa: los izquierdistas contra los derechuzos, los ofendiditos contra los opresores, los concienciados contra los votontos, los izquierdistas entre sí, y si no hay enemigos se buscan, que seguro que se encuentran. Por eso en los Blogs se leen insultos y descalificaciones con su liturgia y ritos de guerra, tal que samuráis cortando cabezas o sioux arrancando cabelleras.
En mis entradas hablo de esa agresividad y violencia humanas, de esa pulsión de poder y conflicto que tiene el Homo sapiens, cuya versión bloguera del Mono cabrón sería el Forero cabrón (el odiador o hater de las redes). Ya decía Hegel que “la guerra es bella, buena, santa y fecunda”. Y como la guerra es guay, los peores son los equidistantes, esos cabrones a los que Gramsci llamaría indiferentes. Por eso en su “Odio a los indiferentes” dice que hay que tomar partido, ser partisano y saber que la indiferencia es cobardía.
En la política también hay violencia, esa “violencia política o verbal” que cita algún político cuando dice que “hay que normalizar el insulto”. Por eso se escuchan lindezas como llamar a los jueces “franquistas, fascistas, represores, enemigos de la democracia, ejecutores del lawfare y miembros del estado opresor”. O llamar “feminazis, histéricas y locas trastornadas” a las feministas. O entrar directamente en la vida personal de los políticos, como decir que Irene Montero es ministra porque “ha estudiado a Pablo Iglesias en profundidad” y “ha sido fecundada por el macho alfa” (el mismo que decía que hay que normalizar el insulto y que “la política se construye sobre cadáveres”). O llamar a Ayuso “nazi, asesina, ida y loca”. No me extraña que Foucault dijera que la política es la guerra continuada por otros medios. Y yo me pregunto si sería posible una política no agresiva y una dialéctica de más nivel (pregunta retórica: no es posible).
La historia de la humanidad es una historia de guerras y violencia. No tengo una explicación plausible y no sé si el conflicto es consustancial al ser humano. Deberíamos solucionar dichos conflictos con negociación y diálogo, pero la Antropología y la Neurociencia nos hablan de la agresividad del Homo sapiens, de los circuitos neuronales implicados en esa agresividad y de los instintos más primarios imbricados en la amígdala, sistema límbico y cerebro reptiliano. Y la Genética nos habla de genes relacionados con la agresividad y de que tenemos más de chimpancé que de bonobo. Quizás por eso Darwin hablaba de la supervivencia del más fuerte, Platón elogiaba a Esparta y sus guerreros, Hobbes decía que la guerra va unida al ser humano (el hombre es malo por naturaleza), Sartre decía que el infierno son los otros y Ernst Jünger consideraba la guerra como algo digno. Se podría pensar que esa violencia está justificada si es “violencia de clase”, de dominados contra dominantes. Violencia cuyo origen ancestral estaría en la sedentarización del ser humano al pasar de nómada y recolector a agricultor y ganadero, con la consecuente aparición de la propiedad privada, gobiernos y leyes. Esta ley sería violencia institucionalizada y por eso Marx y Lenin pensaban que la violencia revolucionaria es justificable ante un capitalismo explotador, cuya violencia se encarnaría hoy en el actual (neo)liberalismo depredador. Sería una violencia económica y política de Occidente sobre los desheredados y condenados de la tierra. Por tanto, la civilización llevaría consigo esa violencia sistémica, institucional y estructural.
No obstante, hay optimistas que preconizan lo contrario, como Rousseau (el hombre es bueno por naturaleza), Erasmo de Rotterdam (un idealista antimilitarista), Kant (un santo varón que escribió “Sobre la paz perpetua”) y Einstein (que pedía un gobierno mundial para terminar con las guerras). Por no hablar de las ideas maravillosas de Kropotkin y Proudhon sobre “Apoyo mutuo” y “Mutualismo”: a estos habría que darle el premio Nobel de la Paz. Aquí recuerdo que cuando le preguntan a la miss de los concursos de belleza por sus deseos, el más frecuente es “la paz en el mundo”, ¡qué bonito! Incluso el Che Guevara, un tipo violento e irascible, dijo que se necesitan más hombres para construir y menos para destruir.
Habría que citar la violencia cultural de la que hablan Foucault, Houria Bouteldja y Enrique Dussel, que preconizan una guerra cultural contra un Occidente colonial e imperialista que comete epistemicidios y destruye cosmogonías. Y hablando de guerras culturales, USA ha incrustado su particular relato del "American way of life" y “Self-made man” de Hollywood por todo el orbe: esto sí que es violencia cultural, pero con Coca-Cola y palomitas.
Quizás el destino del ser humano es el conflicto. Así que asumámonos y digamos que la agresividad y la violencia son consustanciales al ser humano a lo largo de la Historia. Por eso todos llevamos dentro un pequeño Julio César haciendo su particular Guerra de las Galias. Así es la vida, así es el mundo, así son las redes, así son los blogs, así somos nosotros. Somos libres para hablar o para callar, para incendiar o para conciliar, para escribir palabras sanadoras o palabras enfrentadoras, para ser violentos o para ser pacíficos. Para hablar de conceptos grandilocuentes como lucha, victoria, honor y épica o de ideas pequeñas como perdón, cesión y reconciliación.
Todos luchamos: contra nuestras limitaciones, contra nosotros mismos, contra los demás. Es la lucha de cada uno buscando su destino, su lugar en el mundo, su sitio para ser feliz, para dar sentido a su vida. Y no hay lucha sin violencia. Será que estoy mayor, pero cada vez llevo peor la violencia verbal, las luchas foreras, los insultos, la dinámica “amigo-enemigo” y el “o estás conmigo o contra mí”. Algo parecido a lo que dijo Estanislao Figueras, presidente de la primera República: “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”.
jueves, 24 de noviembre de 2022
LOS PREMIOS
domingo, 20 de noviembre de 2022
CINEFÓRUM
(enlaces de búsqueda también añadidos a la sección películas y actualizados a 18 - 02 - 2026)
viernes, 11 de noviembre de 2022
COMPARANDO CULTURAS
En la actualidad vamos (o ya estamos) a un mundo multipolar con tres focos de poder: China, Rusia y Occidente. Esto nos lleva a plantearnos la comparativa entre estas culturas y civilizaciones. ¿Es mejor la china, la rusa o la occidental?, ¿y si no hay ninguna mejor ni peor porque todas tienen sus puntos positivos y negativos, así como ventajas e inconvenientes? Quizás esto sea cierto, por lo que el término “bárbaro”, acuñado por los griegos para describir lo extranjero, debería ser desterrado: al fin y al cabo, todas las culturas son etnocéntricas y supremacistas, porque describen la realidad bajo sus parámetros culturales.
Solemos criticar a la civilización occidental como fuente de dolor y sufrimiento para otras culturas debido a su colonialismo, hegemonía imperialista y epistemicidios culturales de la modernidad. Lo cual es cierto e irrefutable, pero, ¿es solo esto el legado de Occidente?, ¿nadie hace hincapié en sus aportaciones en pensamiento político, científico, filosófico y tecnológico? Esta crítica a Occidente es entendible, porque el ganador suele ser denostado por abusón, del mismo modo que el niño fuerte abusa de los niños débiles. Por eso es tentador pensar que este Occidente, dominante histórico desde el siglo XV, debe recibir su merecido, pagar sus culpas y redimirse de ellas. Esta es la razón por la que se ensalce a otras cosmovisiones alternativas, porque, del mismo modo que apoyamos al niño débil maltratado por el niño grande, apoyamos otras culturas que han sido maltratadas por el niño grande occidental abusón.
Por eso idealizamos otras culturas, y más si están desaparecidas. Esto me recuerda a la frase de Humphrey Bogart “vive rápido, muere joven y tendrás un bonito cadáver”. Y eso es lo que le sucedió a culturas como la cartaginesa, persa, africanas, precolombinas, de la Polinesia, etc., que murieron jóvenes, desaparecieron y dejaron un bonito cadáver civilizatorio. Cadáver que es honrado tal que culto litúrgico que idealiza la Arcadia cultural que pudo ser y no fue. Pero recordemos que, antes o después, todas las civilizaciones mueren.
Entonces, ¿podríamos hacer una comparativa justa y equilibrada entre culturas sin apriorismos, favoritismos ni sesgos ideológicos de eurocentrismo y “occidentalcentrismo”? Yo creo que sí, y del mismo modo que hay estudios de Derecho Comparado, Religiones comparadas, etc., se puede hacer una Historia comparada de las civilizaciones, un estudio comparativo entre culturas. Algo parecido a lo que hicieron los intelectuales de la Ilustración como Montesquieu y Voltaire. Y posteriormente Max Weber, Oswald Spengler, Augusto Comte, Arnold Toynbee y otros. Así, Spengler creía que las civilizaciones, como cualquier organismo vivo, nacen, crecen, llegan a su apogeo, a su decadencia y mueren. Toynbee creía que las civilizaciones se desarrollan según sus “minorías creativas” respondan a los desafíos o crisis que amenazan a la sociedad. Y si se agotan estos ciclos de reacción ante las crisis, entran en decadencia. Para Comte, todas las civilizaciones pasan por tres fases históricas: la mágico-mítica, la filosófica y la técnico-científica. Marx tiene una visión determinista de la historia, según la cual cualquier sociedad tiene tres fases: la sociedad antigua, la sociedad feudal y la sociedad capitalista. La cuarta y última sería la etapa del socialismo, a la que se llegaría de forma inevitable con el triunfo del proletariado sobre la burguesía. Max Weber relaciona el desarrollo de cada civilización con su religión y en el caso de Occidente, lo relaciona con su racionalismo, el desarrollo de la ciencia, la matemática y la sistematización en la administración del estado. Samuel Huntington creía que las civilizaciones están llamadas a estar en conflicto y Francis Fukuyama decía que dicho conflicto ha desaparecido porque ya no hay lucha entre ideologías ante el triunfo del libre mercado y el liberalismo democrático. Pero todos sabemos que esto del pensamiento único y el fin de la historia es un cuento chino.
Así pues, podríamos hacer algo parecido a lo que han hecho estos autores, pero con criterios más científicos y menos sociológicos, filosóficos e históricos. Comparar culturas con ciencia pura y matemática, con el rigor de los números fríos, la exactitud de los datos matemáticos y la precisión de la estadística. Algo parecido a las revisiones sistemáticas y metaanálisis en ciencia, que tienen la máxima evidencia científica. Aunque en historia, sociología y filosofía esto es difícil, porque no es fácil aplicar el método científico, basado en las matemáticas, a las humanidades. Y de hecho, Karl Popper decía que el método científico no vale para verificar una hipótesis ni para determinar si una hipótesis es probable. También decía que la verdad no existe y una teoría nunca es verdadera, sino la mejor que tenemos en un momento dado. No obstante, pasemos de Popper y hagamos un intento de estudio comparado de culturas mediante el método científico.
Para la investigación en ciencia, lo primero es definir el fenómeno a estudiar, en este caso las distintas culturas o civilizaciones. Después hay que determinar sus variables (caracteres o aspectos del fenómeno). Por ejemplo, ordenamiento jurídico, ética social, tecnología, bienestar social, índice de satisfacción de la población, renta per cápita, servicios sociales, infraestructuras, educación, sanidad, derechos, libertades, etc. Como algunas variables no serían medibles, podríamos transformarlas en otras medibles, como niveles de hormonas “de la felicidad” (dopamina, oxitocina, serotonina y endorfina), esperanza de vida, número de suicidios, etc. Después, habría que definir el tipo de estudio, que podría ser transversal (en un punto del tiempo) o longitudinal (a lo largo de la historia). Después haríamos una Estadística: parámetros (media, moda, mediana, desviación estándar, percentiles, etc.), estadísticos (fórmulas para calcular parámetros), tests de significación, tabla de resultados y representación gráfica de estos resultados (diagramas de sectores, de barras, de líneas, etc.).
Podríamos empezar comparando la cultura persa y griega y confrontando sus filosofías: el zoroastrismo, maniqueísmo y mazdakismo versus las escuelas filosóficas griegas. O comparar a Mitra y Zoroastro con los dioses griegos. O comparar si con Ciro y Jerjes el pueblo vivía mejor que con Pericles y compañía. De mismo modo, podríamos continuar con las culturas cartaginesa y romana y comparar los dioses Baal y Astarté con los dioses del panteón romano. O comparar sus tecnologías, viendo así que la flota y comercio marítimo de Cartago eran superiores a los de Roma en un principio. Pero Roma fue superior en obras públicas y construcción de calzadas e ingeniería. En agricultura eran superiores los cartagineses, siendo quienes primero explotaron los cereales, viñedos, frutales y olivares. Pero comparando sus filosofías, Roma sale ganando, porque su pensamiento fue más pragmático que teórico, además de ecléctico.
Podríamos comparar también el Islam con Occidente. Durante la Edad Media, el Islam fue superior en pensamiento y ciencia: la llamada “Edad de Oro del Islam” o “Ilustración islámica”, hasta el siglo XV. En esta época fueron más avanzados que Occidente en filosofía, tecnología, cartografía, navegación, ingeniería, artes, agricultura, etc. Por eso estamos en deuda con los Abulcasis, Avicena, Maimónides, Averroes, Al Juarismi, etc. Veríamos que se quedaron estancados a partir de entonces y que no fueron las cruzadas y sus guerras con Occidente quien más les fastidiaron, sino los mongoles (destrucción de Bagdad y sus bibliotecas durante las invasiones mongolas). Observaríamos los intentos de revertir esta situación, como la revolución que hizo Gamal Abdel Nasser (panarabista y socialista), la de Mustafá Kemal Atatürk (modernizador del Islam Turco) y las primaveras árabes. Podríamos imaginar un escenario en el que el Islam hubiera ganado en Poitiers, el Al-Ándalus hubiera permanecido en España, el Islam hubiera ganado en Lepanto, y Solimán el Magnífico hubiera conquistado Viena. En este caso, Europa sería Eurabia, USA tendría cultura islámica y Occidente sería musulmán.
Podríamos comparar ideologías, como el comunismo. Así veríamos que durante décadas la ciencia y el pensamiento de la URSS y países comunistas estuvieron a la par que los de Occidente. Y podríamos imaginar su pervivencia en un “comunismo 2.0” o “comunismo bis” si los mencheviques de Yuli Mártov hubieran ganado a los bolcheviques en el segundo congreso del POSDR. O si hubieran pervivido los gobiernos de Piotr Stolypin o Kerenski. O un comunismo en el que el sucesor de Lenin hubiera sido Trostsky y no Stalin, con la ventaja de evitar las purgas que este hizo en los cuadros dirigentes del PCUS, y así evitar las posteriores épocas de deshielo (Jrushchov), inmovilismo (Brezhnev) y deconstrucción (Gorbachov).
O la comparación con China, cuyo comunismo, tras su revolución a partir de 1978 con Deng Xiaoping, evolucionó a un socialismo de mercado. Observaríamos que China ha alcanzado a Occidente en tecnología y economía, que su PIB igualará o superará al de USA en pocos años y que es el mayor poseedor de deuda pública estadounidense. Y que el estado y el PCCh sustituyen a la oligarquía financiera tradicional y burguesía.
Habría muchas más comparaciones posibles con otras culturas: la japonesa, india, precolombinas (azteca, maya, inca), africanas, etc. También podríamos comparar revoluciones: la inglesa (Oliver Cromwell), francesa (estatista y burguesa), americana (antiestatista y liberal), japonesa (revolución Meiji), rusa (estatista y proletaria), turca (nacionalista), etc.
Mi conclusión:Es difícil asegurar qué cultura es mejor o peor, porque hay cosas que la fría ciencia y la exacta matemática no miden: la felicidad y el bienestar del ser humano, del pueblo, de la gente. Además, en cada cultura las ideas cambian y evolucionan según la teoría de “la ventana de Overton”, que nos dice que estas ideas son aceptables o no en función de la evolución de la opinión pública y los cambios sociales.
Como decía U2, “todavía no he encontrado lo que estoy buscando”. O parafraseando a Proust, seguimos “a la búsqueda de la cultura perdida”. Será que no existe la cultura ideal y perfecta, porque el ser humano es un ser histórico que, al hacer historia, hace cultura: las culturas de las distintas tribus. Y todas imperfectas.
miércoles, 9 de noviembre de 2022
QUÉ ES ARTE?
“¿Vienes del hondo cielo o del abismo sales, Belleza? Tu mirar, infernal y divino, vierte confusamente beneficios y crímenes, por lo que se te puede comparar con el vino”
(Charles Baudelaire)
¿Quién y cómo decide qué es arte en cada etapa histórica? El arte es un concepto tan amplio y relativo que es difícil o casi imposible responder a esas preguntas sin quedarnos cortos o sin olvidar tantas aristas como contiene.
Para no tocar ni el cielo ni el abismo en este pequeño texto, me voy a centrar en el concepto de arte actual, concepto tan cambiante que lo que en un tiempo fue arte, quizás hoy no lo sea y viceversa.
Una gran parte de la población está acostumbrada en esta parte del mundo a llamar arte a las obras que conservan las reglas y normas académicas, según los estándares de la consideración del término “belleza”, destinadas a museos o galerías. Adorno decía que museo y mausoleo compartían algo más que terminología, más bien la taxidermia, porque en el museo las obras permanecen muertas.
Y es que el concepto de belleza se agota cuando surge la estética feísta. ¿Acaso no es arte el cuadro de los viejos comiendo sopas de Goya? ¿Para alguien es bella esa imagen? Pero sí decimos que es arte, por la técnica maravillosa de Goya, por la impresión que nos causa, sin embargo, en su tiempo las pinturas negras no fueron consideradas como tal.
Al igual sucedió con tantas obras a lo largo de la historia. Cuando vemos los esclavos de Miguel Ángel, prisioneros en la piedra, nos extasiamos, y sin embargo no fueron más que figuras inacabadas que no le interesó terminar y dejó tiradas en su taller. O las pinturas con verduras y frutas de Arcimboldo que en su época de 1.500 en Italia no eran consideradas más que como manualidades, las que ni siquiera vendía pues vivía de hacer vitrales para iglesias, sobre esos cuadros quizás pensó que sus coetáneos no estaban preparados para valorar su pintura, hasta que el tiempo pasó y hoy son tan valoradas y aclamadas.
Clasificaciones se han hecho múltiples a lo largo de la historia, se habló de bellas artes, artesanía, artes menores, se habló de arte sublime, singular, bello, de bellezas de la forma, del arte representativo o emotivo. Se dividió el arte entre obras que representaban la realidad y otras que mostraban un sentimiento interior. Hasta llegar a los impresionistas que rompieron con el clasicismo y dieron paso a las primeras vanguardias, en las que cabía todo tipo de técnica y toda forma de creación, llegando al arte que no ilustra nada, sino que muestra un proceso.
Duchamp, con la elección de un urinario (o fuente) rompió con todas las reglas y normas del arte anteriores. Planteó al mundo un nuevo concepto, se adelantó al arte conceptual, le dio la categoría de arte a los objetos cotidianos. Para Duchamp, arte es “el proceso a través del cual se titulaban «artísticamente» objetos producidos industrialmente, con una mínima o ninguna intervención, elevándolos de esta manera a categoría de «obra de arte»”.
Las segundas vanguardias han abierto aún más el campo del arte, superando la barrera que privilegiaba los sentidos de la vista y del oído, hoy el tacto, el gusto y el olfato están recuperando un lugar en la creación artística. La cocina, a nivel de gusto y olfato, por ejemplo, es un espacio nuevo de experimentación. ¿O quizás solo es una moda pasajera y tiene que ver con el negocio más que con estándares artísticos? ¿La tortilla deconstruida de Ferran Adrià es una obra de arte?
¿Acaso el concepto de arte actual nos ha llevado a concebir como obras de arte todos los grafitis sin técnica alguna? ¿Quién se atreve a excluir unos de otros grafitis, sin ser tachado de antiguo, a no ser desde un punto de vista personal? ¿Y los videojuegos o las famosas instalaciones que a veces se confunden con restos de basura esperando ser recogida en un contenedor?
Pero aún se siguen haciendo bellas obras, como los dibujos y las tintas de Dan Liu, técnicamente rompedoras, evita el pincel tradicional y enfatiza la composición sobre la pincelada llamativa, aunando el concepto de arte de la China tradicional, la poesía, pintura, filosofía, caligrafía y modernidad.
Una cuestión interesante y curiosa es la que se está presentando en la actualidad con algunos artistas que vuelven a la figuración, como el noruego Odd Nerdrum, cuya obra está influida por Rembrandt, y al que se le ha rechazado, denunciado y hasta acusado de formar sectas con los alumnos que llegan a su estudio desde todas las partes del mundo, por la sola razón de que ese tipo de pintura tradicional, paradojas de la historia, es rompedor hoy en día.
Y en cuanto a los autores, ¿solo los seres humanos pueden hacer arte? ¿Un termitero es una obra de arte? ¿Y una colmena? ¿Los castores tienen conciencia y creatividad cuando hacen sus diques, no siempre del mismo modo? ¿O el arte requiere un plan y un proyecto anteriores?
Concluyo ¿Por qué creamos arte? ¿Qué nos lleva a los humanos a sentir la necesidad de escribir un poema, de hacer una pintura, un edificio estético o componer música o una fotografía? ¿Cuál es el origen de ese sentimiento que nos lleva a sentir el síndrome de la belleza o a emocionarnos con un color o una idea? Múltiples interrogantes que se ha hecho la humanidad a lo largo de la historia, y que en cada época habrá tenido unas respuestas distintas y nunca completadas.












