El mejor escritor español del siglo XX, José Pla, comentó en una ocasión que quien leía libros de ficción a partir de los treinta y cinco años era un cretino. Yo, como es lógico y natural, estoy totalmente de acuerdo con el de Palafrugell.
lunes, 28 de septiembre de 2026
LA LECTURA, FÁBRICA DE CRETINOS
lunes, 14 de septiembre de 2026
À NOUS LA LIBERTÉ
🜏 Aunque ninguno lo hayamos leído, todos hemos oído hablar de La cabaña del tío Tom, de Enriqueta Beecher Stowe, libro que fue prohibido en los estados del sur por considerarlo una forma de propaganda contra el sistema esclavista. En tiempos recientes también ha sido censurado o retirado de colegios de Estados Unidos (donde era una lectura habitual) por considerar que la figura del protagonista representa el estereotipo del esclavo sumiso que acepta con naturalidad, o por lo menos con serena resignación, la negra vida que le ha tocado. Hoy en día el apelativo de Tío Tom se utiliza de forma despectiva para describir a un negro (generalmente zumbón) servil con los blancos.
⸸ Vemos, pues, que un texto puede ser censurado o prohibido en determinadas circunstancias por razones bien distintas. Este afán por eliminar de la faz de la Tierra lo que no es políticamente correcto, lo que es desagradable a la vista, las opiniones ofensivas o simplemente las que no gustan, se ha incrementado en los últimos tiempos con la cada vez más numerosa presencia de los guardianes de la corrección política y moral, del wokismo y de la subnormalidad profunda. Y a tanto ha llegado que ciertos aspectos de la realidad, por banales que nos parezcan, han quedado no ya distorsionados, sino simplemente eliminados; por ejemplo, el hecho de que prácticamente en ninguna película actual aparezca gente fumando. También es raro ver en las películas de factura norteamericana personajes gordos (incluso en papeles secundarios), cuando es un país de gordos, pero esto viene de lejos.
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Raymond Cordy en la película de René Clair À nous la liberté (1931). También la foto inferior
☥ La libertad de expresión tiene sus límites, nos dicen: no se puede hacer menoscabo de su dignidad lanzando insultos o burlas a negratas, maricones, tortilleras, moros, tullidos, subnormales, viejos, etc.; sin embargo, a casi todo el mundo le parece normal la obligación de respetar los dictados de instituciones como la Iglesia en todas sus alucinadas modalidades, los demenciales discursos patrioteros y nacionalistas de los políticos de todo signo y los suplementos culturales de ABC y de El País. Porque, amigos, en la libertad de expresión, considerada como valor netamente humano, debe tener cabida cualquier clase de opinión -racista, sexista, incitadora al odio…- por execrable que nos parezca. La prohibición de opiniones que se consideran molestas lo único que consigue es ocultarlas a la vista, sin analizar las causas que las han provocado. La prohibición se limita a la represión inmediata, el método más rápido, pero el menos efectivo a la larga si se desea que esas situaciones no vuelvan a repetirse. Lo valiente, lo que de verdad sirve para combatirlas, es dejar que todas las expresiones incómodas salgan a la luz, que se confronten con la realidad para que puedan ser refutadas y desarmadas. Porque censurar en los medios de formación de masas (los mal llamados medios de comunicación) actitudes racistas o fascistas no elimina el problema, únicamente lo deja soterrado; y no solo eso, porque sus propagadores, al sentirme víctimas, reafirman sus convicciones y se hacen más fuertes. Además, una sola mutilación de la libertad de expresión abre las puertas a todas las demás, todo es cuestión de dar el primer paso para poder justificar el resto.
✶ Por otra parte, impedir la difusión de ideas y opiniones significa dudar de la capacidad de reacción y de análisis de los posibles receptores, al tratarlos como a idiotas y condenarlos a ignorar una realidad, por desagradable que sea, con la excusa de que es por propio bien, convirtiéndolos de esa manera en seres continuamente tutelados. Apostar por la libertad de expresión sin límites es una forma de luchar contra la obediencia a cualquier forma de poder, porque desde siempre el poder ha condenado la libertad de expresión sin límites; únicamente le ha interesado una libertad de expresión parcial y acotada a sus intereses, la mínima para que sus dominados se crean libres y eviten plantearse determinadas cuestiones al juzgar que no son importantes o que están resueltas. Pero la libertad de expresión o lo es sin límite alguno o no lo es; en el segundo caso podríamos estar hablando de la suma de unas cuantas libertades en concreto, que suelen depender del interés de quien las tolera de manera magnánima.
⛧ Las ideas son ideas y los actos, actos; esta afirmación tan obvia es, extrañamente, difícil de comprender para muchos. Criminalizar las ideas que se consideran una forma de perversión o de inmoralidad, y hasta las simples opiniones de signo contrario, es una forma de barbarie que nace, no solo de la intolerancia, sino también del miedo, de la inseguridad personal y de una carencia de recursos dialécticos para combatirlas. Que alguien esté a favor de permitir que se exprese cualquier idea que pueda considerarse una verdadera aberración, no significa que la comparta o que esté a favor de que esa idea se lleve a la práctica, La ofensa verbal de una persona a otra podría ser calificada de grave, pero está ejerciendo su libertad de expresión. Sin embargo, si esa misma persona toma la decisión de asesinar a la otra, entonces es algo muy distinto, porque nadie en su sano juicio defendería la libertad de matar, como tampoco las de sojuzgar, oprimir…, aunque en la realidad sean prácticas habituales.
✦ Son los defensores de la libertad de expresión sin límites (o los que se muestran más tolerantes con las opiniones de los demás, por muy despreciables y repugnantes que las consideren) los que en menor medida cometen actos relacionados con la negación de los derechos de los demás, mientras que los que no toleran la libertad de expresión, la censuran y la reprimen, por lo general no se conforman solo con eso, porque en demasiadas ocasiones no dudan en pasar a la acción y comportarse de forma violenta cuando se sienten obligados moralmente a poner orden en las vidas de los demás. Los negadores de la libertad de expresión usan la estrategia de criminalizar las opiniones que no son de su agrado otorgándoles una categoría incluso de delito penal con la que justificar sus acciones represoras.
† Hasta aquí este panfleto de progre moñas amante de la libertad de expresión sin límites que he escrito entre risotadas. Naturalmente, yo no estoy de acuerdo con esta mariconería flowerpower. A fascistas, comunistas y subnormales mediáticos no se les debería permitir expresarse libremente; es más, como basura que son, no se les debería permitir ni vivir.
Para mí la única libertad al alcance del ser humano es la interior, la libertad del espíritu y del pensamiento; la libertad que Dios otorga a los que creen en Él, a los que no se sienten presos de este mundo porque saben que un día descubrirán el verdadero sentido de su existencia, y eso solo sucederá cuando alcancen la vida eterna y permanezcan para siempre al lado del Señor Dios. ☩
lunes, 7 de septiembre de 2026
HOY NOS VAMOS DE PUTAS
viernes, 4 de septiembre de 2026
CUBA, LA PERLA DEL CARIBE. PARTE I: EROS
Todo lo que voy a referir a continuación es rigurosamente cierto y me sucedió en un viaje que realicé a La Habana. El lenguaje hiperbólico que utilizo solo pretende servir de distanciamiento irónico, pero de ninguna manera falsea los hechos. Existe una segunda parte que complementa a esta y que será entregada a su indebido tiempo. Se titula Cuba, la perla del Caribe. Parte II: Tánatos.
¡Y pensar que esa maravillosa isla que es Cuba tiempo ha perteneció a la España! Qué bonito si Cuba continuara siendo hoy en día no una colonia española, porque eso ya no se estila, sino una comunidad autónoma, la Comunidad Autónoma de Cuba. Fidel Castro bien podía haber sido el presidente de esa hipotética comunidad gracias a los estrechos lazos que le unían a la madre patria. Quizá por eso al fallecer trágicamente el Generalísimo Francisco Franco, Castro decretó tres días de luto oficial en Cuba. Y aunque no acudió al sepelio, seguro que compartía su admiración por el Caudillo con don Augusto Pinochet y con doña Imelda Marcos, que si le rindieron honores en persona. Fidel excusó su asistencia alegando que estaba ocupado haciendo la Revolución (la Revolución cubana nunca descansa, es un work in progress).
Yo solo he visitado tres países de Sudacalandia: Guatemala, México (en varias ocasiones, ya que es un lugar que me atrae mucho, sobre todo por ciertos temas escatológicos de mi especial interés) y Cuba; bueno, únicamente conozco la capital, que allí llaman La Habana, me imagino que será por los puros habanos, muy populares entre los lugareños, tanto que he visto en La Habana fumar puros a niños de apenas siete años, y también a niñas con trenzas.
Lo confieso: soy un sentimental robinsoncrusoeano y me chiflan las islas paradisíacas, de ahí mi reciente (y segundo) viaje a la Isla de Man. Pero, claro, no se puede comparar la capital de Man, Douglas, que es un pueblucho de mala muerte, con la majestuosidad de La Habana. Porque, amigos, La Habana es espectacular, sobre todo sus barrios más característicos: Vedado, Habana Vieja y Miramar, tan distintos entre sí. Y ojo, que el Capitolio de La Habana, levantado a principios del siglo XX e inspirado en el Capitolio de Washington (Estados Unidos), es todavía más grandioso que su modelo, y además le gana en altura, porque así lo decidió el presidente cubano de entonces (no recuerdo ahora mismo cómo se llamaba).
Viajé a la Habana en compañía de una muchachita magra, nerviosilla y saltarina que por entonces se dedicaba a turbios y procelosos asuntos comerciales hispano-cubanos. Para no ir sola, me animó a que la acompañara (con todos los gastos pagados por ella, se entiende), ya que, dado mi carácter alegre y dicharachero y mi merecida fama de empotrador, se aseguraba una sana diversión en sus ratos de ocio, una especie de descanso de la guerrera.
El caso es que yo solo disponía de tres días y medio para disfrutar del encanto de la capital cubana. El primer día (por cierto, viajar en avión me produce ansiedad, y es que siempre me viene a la mente la película Aeropuerto y sus tres secuelas: la mejor, sin duda, la original, porque se filmó antes de 1975), un empleado del hotel donde nos alojábamos se me acercó (yo iba solo) y me ofreció los servicios de una señorita. No entiendo, ¿de qué servicios y de qué señorita me está hablando?, inquirí. Una señorita nativa de compañía, me aclaró (entonces sí lo entendí, se refería a una señorita nativa puta). La verdad es que pocas veces he utilizado los servicios de meretrices, quizá por eso el ofrecimiento de aquel tipo de acento soterrado me pilló desprevenido. Imaginé que, al permanecer mi acompañante y yo en habitaciones separadas, el zangón supuso (no sé muy bien cuál era su cometido, porque tampoco se identificó como gerente, animador turístico o chulo), que no nos ataba una relación sentimental y por eso su proposición no caía en la indecencia. Le di las gracias por el detalle; sin embargo, rechacé su ofrecimiento porque le confesé que aún no me había recuperado del todo de una enfermedad venérea muy gravosa y necesitaba reposo sexual (esto era una verdad a medias).
Ese mismo día, a la hora del almuerzo, le comenté a mi partenaire, entre risotadas, el curioso acaecimiento mañanero y, para mi sorpresa, ella me dijo que le habían propuesto lo mismo, pero en su caso con un nativo macho. Pero, atención, la cosa no acabó ahí: por la tarde-noche en el hall del hotel, una pareja de ancianos, de unos sesenta años de edad por barba, trataban de comunicarse de manera infructuosa con el portero, ya que apenas hablaban español y su inglés era antediluviano (o sea, casi escocés). Yo me ofrecí a hacer de intérprete desde el alemán al español y viceversa, y les resolví el problema. Los viejales, sumamente agradecidos, me invitaron a platicar con ellos, y como yo no tenía nada mejor ni peor que hacer, acepté. Después de unos minutos de soltar tonterías, banalidades y chistes de dudoso gusto, se me ocurrió contarles lo del puterío del hotelero y, de nuevo para mi sorpresa, me confesaron que a ellos, aun sabiendo que estaban casados, también les habían ofrecido los servicios sexuales de un cubanito y una cubanita.
Yo me quedé de piedra, la verdad, y a partir de ese momento decidí investigar el alcance de aquella extravagancia. Muy pronto descubrí que todo el mundo estaba metido en el ajo (discúlpeseme por la vulgaridad de la expresión) y el tráfico sexual de cubanos y cubanas constituía una práctica habitual no solo en ese hotel, sino en todos los hoteles, pensiones y hasta en la mayoría de las viviendas e infraviviendas particulares, donde las amas de casa cubanas ofrecían la flor de su secreto a todo bicho viviente, tanto a los extranjeros como a los aborígenes, hasta a los más feos y horripilantes. Quedé espantado, la verdad, porque jamás se me habría ocurrido pensar en algo así, pero era una situación real y cotidiana, como más tarde comprobé en mis paseos por los barrios turísticos de La Habana: multitud de jovencitas -y de otras no tan jovencitas- me paraban en la calle y me ofrecían sin el menor recato sus servicios sexuales por un puñadito de dólares, tan desesperadas debían de estar por ganar algo de platica, o tan guapo mozo me vieron que no pudieron contener su ansia de yacer carnalmente con un caballero español bien macho.
Corría entonces el año 2018. Fidel Castro había pasado a mejor vida poco antes (bueno, con la estupenda vida que había llevado, difícil habría sido que pasara a mejor vida, seguramente pasó a peor vida), y se podían ver bastantes ciudadanos estadounidenses deambulando por el hotel y las calles más populares. Un día, poco después de salir del hotel, me abordó una señorita de vida galante (allí las llaman jineteras; ignoro la razón de tan curiosa denominación, porque jamás vi a ninguna montada a caballo), y al momento me ofreció sus servicios. Entonces me asaltó al magín una osada idea, le dije: te ofrezco diez veces más de lo que me pides (suelo manejar bastante dinero, la verdad sea dicha, y diez veces más de casi nada no representaba una merma apreciable de mi patrimonio) si me cuentas con todo lujo de detalles cómo es la vida alegre de este país y de su capital, y además te invito a una gaseosa, pero no deseo practicar sexo contigo por respeto a mi madre, porque es muy celosa y no le gusta la competencia. Dicho y hecho, a la chiquilla (porque era una chiquilla, amigos), se le iluminaron los ojillos, comenzó a largar y pronto se reveló como un inagotable manantial de fonemas.
Me confesó que Cuba, y en particular su capital, La Habana, era un inmenso burdel; lo había sido siempre, ya desde la etapa de dominio norteamericano, y luego, algo menos, durante la ocupación soviética, pero tras el colapso de la URSS, la economía cubana se resintió hasta extremos inimaginables al no estar ya subvencionada por los comunísticos. Las pocas cubanas que aún no se habían prostituido por un pudor mal entendido se dedicaron a zorrear como locas para no morirse de hambre; porque Cuba, acostumbrada a la paguita que le proporcionaban los soviéticos, y con la excusa del bloqueo norteamericano para procrastinar sin sentir remordimiento, no se molestó en desarrollar una economía autosuficiente, y ya ni siquiera era capaz de producir los alimentos básicos para abastecer a la población (me contaron que muchos cubanos, para engañar el hambre, se aventuraron a comer papel, trapos viejos y hasta su propio pelo).
La muchachita, cuya gracia era Domenica Niehoff (nombre supuesto), y que en verdad era bellísima, aunque bastante culona, de piernas arqueadas y mirada aviesa, me descubrió múltiples facetas de los ritos sexuales isleños dignos de ser estudiados por la loca de Margarita Mead. Un ejemplo, jamás habría podido imaginar que los ciudadanos estadounidenses que visitaban Cuba, tan puritanos ellos, llegaran a tales extremos de depravación. Me confesó que una práctica muy solicitada y que les entusiasmaba consistía en que las cubanitas y cubanitos les lamieran el ano con fruición. Me quedé casi sin palabras: ¿Tú también has hecho eso, chamaquita?, le pregunté, y ella me respondió que sí, que lo había hecho en innumerables ocasiones, y también me dijo que la mayoría de las veces los anos yanquis presentaban un estado de higiene francamente deplorable. Sentí una gran tristeza y consternación. Entonces comprendí por qué tantos cubanos habían tomado la decisión de huir de un país que solo les ofrecía miseria, falta de libertad y anos sucios para lamer; porque a día de hoy, cerca de dos millones de personas han abandonado la isla desde el año de mi visita. Ojalá Cuba alcance muy pronto la libertad y se ponga fin de una vez por todas a un régimen criminal que no respeta los derechos más elementales de sus habitantes. A Dios bendito se lo pido.
Podría contar más de mis experiencias en Cuba, y de hecho lo haré en una segunda entrega que estará dedicada casi exclusivamente a la economía, la sociedad y la cultura de La Habana (al menos lo que yo vi durante mi corta estancia), y donde daré por terminada esta breve semblanza acerca de la vida real en la Cuba real. Sin embargo, voy a ofrecer un adelanto: amigos, si apostamos por la sinceridad, nos veremos obligados a reconocer que la Cuba comunística solo ha producido tres clases de mercancías a lo largo de su historia: puros habanos, azúcar y putas, por eso es un país fallido y follado.

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