viernes, 4 de septiembre de 2026

CUBA, LA PERLA DEL CARIBE. PARTE I: EROS

Todo lo que voy a referir a continuación es rigurosamente cierto y me sucedió en un viaje que realicé a La Habana. El lenguaje hiperbólico que utilizo solo pretende servir de distanciamiento irónico, pero de ninguna manera falsea los hechos. Existe una segunda parte que complementa a esta y que será entregada a su indebido tiempo. Se titula Cuba, la perla del Caribe. Parte II: Tánatos.

¡Y pensar que esa maravillosa isla que es Cuba tiempo ha perteneció a la España! Qué bonito si Cuba continuara siendo hoy en día no una colonia española, porque eso ya no se estila, sino una comunidad autónoma, la Comunidad Autónoma de Cuba. Fidel Castro bien podía haber sido el presidente de esa hipotética comunidad gracias a los estrechos lazos que le unían a la madre patria. Quizá por eso al fallecer trágicamente el Generalísimo Francisco Franco, Castro decretó tres días de luto oficial en Cuba. Y aunque no acudió al sepelio, seguro que compartía su admiración por el Caudillo con don Augusto Pinochet y con doña Imelda Marcos, que si le rindieron honores en persona. Fidel excusó su asistencia alegando que estaba ocupado haciendo la Revolución (la Revolución cubana nunca descansa, es un work in progress).

Yo solo he visitado tres países de Sudacalandia: Guatemala, México (en varias ocasiones, ya que es un lugar que me atrae mucho, sobre todo por ciertos temas escatológicos de mi especial interés) y Cuba; bueno, únicamente conozco la capital, que allí llaman La Habana, me imagino que será por los puros habanos, muy populares entre los lugareños, tanto que he visto en La Habana fumar puros a niños de apenas siete años, y también a niñas con trenzas.

Lo confieso: soy un sentimental robinsoncrusoeano y me chiflan las islas paradisíacas, de ahí mi reciente (y segundo) viaje a la Isla de Man. Pero, claro, no se puede comparar la capital de Man, Douglas, que es un pueblucho de mala muerte, con la majestuosidad de La Habana. Porque, amigos, La Habana es espectacular, sobre todo sus barrios más característicos: Vedado, Habana Vieja y Miramar, tan distintos entre sí. Y ojo, que el Capitolio de La Habana, levantado a principios del siglo XX e inspirado en el Capitolio de Washington (Estados Unidos), es todavía más grandioso que su modelo, y además le gana en altura, porque así lo decidió el presidente cubano de entonces (no recuerdo ahora mismo cómo se llamaba).

Viajé a la Habana en compañía de una muchachita magra, nerviosilla y saltarina que por entonces se dedicaba a turbios y procelosos asuntos comerciales hispano-cubanos. Para no ir sola, me animó a que la acompañara (con todos los gastos pagados por ella, se entiende), ya que, dado mi carácter alegre y dicharachero y mi merecida fama de empotrador, se aseguraba una sana diversión en sus ratos de ocio, una especie de descanso de la guerrera.

El caso es que yo solo disponía de tres días y medio para disfrutar del encanto de la capital cubana. El primer día (por cierto, viajar en avión me produce ansiedad, y es que siempre me viene a la mente la película Aeropuerto y sus tres secuelas: la mejor, sin duda, la original, porque se filmó antes de 1975), un empleado del hotel donde nos alojábamos se me acercó (yo iba solo) y me ofreció los servicios de una señorita. No entiendo, ¿de qué servicios y de qué señorita me está hablando?, inquirí. Una señorita nativa de compañía, me aclaró (entonces sí lo entendí, se refería a una señorita nativa puta). La verdad es que pocas veces he utilizado los servicios de meretrices, quizá por eso el ofrecimiento de aquel tipo de acento soterrado me pilló desprevenido. Imaginé que, al permanecer mi acompañante y yo en habitaciones separadas, el zangón supuso (no sé muy bien cuál era su cometido, porque tampoco se identificó como gerente, animador turístico o chulo), que no nos ataba una relación sentimental y por eso su proposición no caía en la indecencia. Le di las gracias por el detalle; sin embargo, rechacé su ofrecimiento porque le confesé que aún no me había recuperado del todo de una enfermedad venérea muy gravosa y necesitaba reposo sexual (esto era una verdad a medias).

Ese mismo día, a la hora del almuerzo, le comenté a mi partenaire, entre risotadas, el curioso acaecimiento mañanero y, para mi sorpresa, ella me dijo que le habían propuesto lo mismo, pero en su caso con un nativo macho. Pero, atención, la cosa no acabó ahí: por la tarde-noche en el hall del hotel, una pareja de ancianos, de unos sesenta años de edad por barba, trataban de comunicarse de manera infructuosa con el portero, ya que apenas hablaban español y su inglés era antediluviano (o sea, casi escocés). Yo me ofrecí a hacer de intérprete desde el alemán al español y viceversa, y les resolví el problema. Los viejales, sumamente agradecidos, me invitaron a platicar con ellos, y como yo no tenía nada mejor ni peor que hacer, acepté. Después de unos minutos de soltar tonterías, banalidades y chistes de dudoso gusto, se me ocurrió contarles lo del puterío del hotelero y, de nuevo para mi sorpresa, me confesaron que a ellos, aun sabiendo que estaban casados, también les habían ofrecido los servicios sexuales de un cubanito y una cubanita.

Yo me quedé de piedra, la verdad, y a partir de ese momento decidí investigar el alcance de aquella extravagancia. Muy pronto descubrí que todo el mundo estaba metido en el ajo (discúlpeseme por la vulgaridad de la expresión) y el tráfico sexual de cubanos y cubanas constituía una práctica habitual no solo en ese hotel, sino en todos los hoteles, pensiones y hasta en la mayoría de las viviendas e infraviviendas particulares, donde las amas de casa cubanas ofrecían la flor de su secreto a todo bicho viviente, tanto a los extranjeros como a los aborígenes, hasta a los más feos y horripilantes. Quedé espantado, la verdad, porque jamás se me habría ocurrido pensar en algo así, pero era una situación real y cotidiana, como más tarde comprobé en mis paseos por los barrios turísticos de La Habana: multitud de jovencitas -y de otras no tan jovencitas- me paraban en la calle y me ofrecían sin el menor recato sus servicios sexuales por un puñadito de dólares, tan desesperadas debían de estar por ganar algo de platica, o tan guapo mozo me vieron que no pudieron contener su ansia de yacer carnalmente con un caballero español bien macho.

Corría entonces el año 2018. Fidel Castro había pasado a mejor vida poco antes (bueno, con la estupenda vida que había llevado, difícil habría sido que pasara a mejor vida, seguramente pasó a peor vida), y se podían ver bastantes ciudadanos estadounidenses deambulando por el hotel y las calles más populares. Un día, poco después de salir del hotel, me abordó una señorita de vida galante (allí las llaman jineteras; ignoro la razón de tan curiosa denominación, porque jamás vi a ninguna montada a caballo), y al momento me ofreció sus servicios. Entonces me asaltó al magín una osada idea, le dije: te ofrezco diez veces más de lo que me pides (suelo manejar bastante dinero, la verdad sea dicha, y diez veces más de casi nada no representaba una merma apreciable de mi patrimonio) si me cuentas con todo lujo de detalles cómo es la vida alegre de este país y de su capital, y además te invito a una gaseosa, pero no deseo practicar sexo contigo por respeto a mi madre, porque es muy celosa y no le gusta la competencia. Dicho y hecho, a la chiquilla (porque era una chiquilla, amigos), se le iluminaron los ojillos, comenzó a largar y pronto se reveló como un inagotable manantial de fonemas.

Me confesó que Cuba, y en particular su capital, La Habana, era un inmenso burdel; lo había sido siempre, ya desde la etapa de dominio norteamericano, y luego, algo menos, durante la ocupación soviética, pero tras el colapso de la URSS, la economía cubana se resintió hasta extremos inimaginables al no estar ya subvencionada por los comunísticos. Las pocas cubanas que aún no se habían prostituido por un pudor mal entendido se dedicaron a zorrear como locas para no morirse de hambre; porque Cuba, acostumbrada a la paguita que le proporcionaban los soviéticos, y con la excusa del bloqueo norteamericano para procrastinar sin sentir remordimiento, no se molestó en desarrollar una economía autosuficiente, y ya ni siquiera era capaz de producir los alimentos básicos para abastecer a la población (me contaron que muchos cubanos, para engañar el hambre, se aventuraron a comer papel, trapos viejos y hasta su propio pelo).

La muchachita, cuya gracia era Domenica Niehoff (nombre supuesto), y que en verdad era bellísima, aunque bastante culona, de piernas arqueadas y mirada aviesa, me descubrió múltiples facetas de los ritos sexuales isleños dignos de ser estudiados por la loca de Margarita Mead. Un ejemplo, jamás habría podido imaginar que los ciudadanos estadounidenses que visitaban Cuba, tan puritanos ellos, llegaran a tales extremos de depravación. Me confesó que una práctica muy solicitada y que les entusiasmaba consistía en que las cubanitas y cubanitos les lamieran el ano con fruición. Me quedé casi sin palabras: ¿Tú también has hecho eso, chamaquita?, le pregunté, y ella me respondió que sí, que lo había hecho en innumerables ocasiones, y también me dijo que la mayoría de las veces los anos yanquis presentaban un estado de higiene francamente deplorable. Sentí una gran tristeza y consternación. Entonces comprendí por qué tantos cubanos habían tomado la decisión de huir de un país que solo les ofrecía miseria, falta de libertad y anos sucios para lamer; porque a día de hoy, cerca de dos millones de personas han abandonado la isla desde el año de mi visita. Ojalá Cuba alcance muy pronto la libertad y se ponga fin de una vez por todas a un régimen criminal que no respeta los derechos más elementales de sus habitantes. A Dios bendito se lo pido.

Podría contar más de mis experiencias en Cuba, y de hecho lo haré en una segunda entrega que estará dedicada casi exclusivamente a la economía, la sociedad y la cultura de La Habana (al menos lo que yo vi durante mi corta estancia), y donde daré por terminada esta breve semblanza acerca de la vida real en la Cuba real. Sin embargo, voy a ofrecer un adelanto: amigos, si apostamos por la sinceridad, nos veremos obligados a reconocer que la Cuba comunística solo ha producido tres clases de mercancías a lo largo de su historia: puros habanos, azúcar y putas, por eso es un país fallido y follado.

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