Las palabras podían conmover, hacer pensar, tender puentes entre ideas e incluso entre personas. Hubo un tiempo en el que el lenguaje tenía matices, en el que no todo era un aullido de guerra. Un tiempo en el que con la palabra se podía negociar. Pero ese tiempo pasó.
█ La poesía ha muerto
Y no ha sido una muerte natural, sino un asesinato con premeditación y alevosía. Sus verdugos han sido la mentira, la agresividad y el desprecio por la inteligencia, tres herramientas que algunos han convertido en su manual de comunicación. Han entendido que, en la era de la inmediatez, la comunicación ya no es un arte, sino un arma. Han creado una trituradora de significados en la que las palabras no importan por su valor, sino por su impacto. Hoy, las palabras ya no buscan iluminar, sino cegar. No se pretende argumentar, sino aplastar. Ya no sirven para comprender el mundo, sino para deformarlo. No se usan para tender puentes, sino para cavar trincheras.
█ Mentiras a gritos
Han comprendido algo esencial: la verdad es lenta, aburrida y, en muchos casos, difícil de digerir. La mentira, en cambio, es rápida, atractiva y rentable. Ya no importa que algo sea cierto, solo importa que funcione. Un bulo bien diseñado puede recorrer el mundo antes de que la verdad haya salido de la cama.
En otro tiempo, cuando un político era atrapado en una mentira, su carrera podía verse afectada. La vergüenza, el escándalo y el escrutinio público aún tenían cierto peso.
Ahora, la mentira no solo no se oculta, sino que se exhibe con orgullo. Y si alguien la desmonta, se responde con otra aún más estridente. Desmentir ya no sirve de nada: el objetivo no es convencer, sino saturar el espacio con tantas falsedades que la verdad quede sepultada.
█ La fábrica de bulos: cuando la verdad es irrelevante
El bulo ha reemplazado al argumento. ¿Que los inmigrantes no están colapsando la sanidad pública? No importa, se repite hasta que parezca cierto. ¿Que la economía no está al borde del abismo? Da igual, se agita el miedo. ¿Que las feministas no quieren destruir la familia? No pasa nada, se las acusa de odiar a los hombres. Algunos no necesitan hechos, solo relatos eficaces. Y cuanto más simples, mejor.
Los bulos han dejado de ser simples errores o exageraciones para convertirse en la piedra angular de la comunicación política. Su éxito radica en que han entendido que la verdad es irrelevante cuando logras provocar emociones. No necesitan demostrar nada, solo hacer que la gente sienta miedo o rabia. Un tuit con una afirmación incendiaria tiene más impacto que un informe de 200 páginas. La indignación se propaga más rápido que la evidencia. Y en este juego, la mentira es el recurso más barato y rentable.
█ El insulto como estrategia y herramienta política
Junto con la mentira, el insulto se ha convertido en la otra gran arma de comunicación. No hace falta debatir si se puede descalificar. No es necesario refutar cuando se puede humillar.
El insulto ya no es un error, es una seña de identidad. Funciona porque simplifica la realidad. No hay que explicar por qué algo está mal o es problemático, basta con etiquetar a alguien como “enemigo”. Quienes se presentan como defensores de la patria no tienen reparos en llamar “traidores” a sus propios compatriotas. Todo aquel que no se pliegue a su discurso es un corrupto, un manipulador o un idiota.
Y no es casualidad. La política del insulto tiene una función clara: deshumanizar al adversario para que cualquier ataque contra él esté justificado. Es más fácil despreciar y, si llega el caso, perseguir a quienes han sido reducidos a simples etiquetas. Algunos han convertido la palabra en una granada de mano: su objetivo no es argumentar, sino destrozar.
Han comprendido que la política, en la era digital, se parece más a un combate de lucha libre que a un parlamento. Y en este espectáculo, la violencia verbal es un activo. Da igual si lo que dicen es absurdo o contradictorio. Lo importante es que suene potente, que genere ruido. En este juego, los argumentos son aburridos; los insultos, en cambio, son virales.
Se ha pasado del debate político al linchamiento público. La política ha sido reducida a un show de gritos y agresiones verbales en el que gana quien golpea más fuerte, no quien tiene la mejor idea.
█ La violencia del lenguaje
Las palabras importan. Construyen realidades. Cuando se normalizan el odio y la mentira, las consecuencias no tardan en manifestarse en el mundo físico. No es casualidad que en los países donde la ultraderecha ha ascendido, la violencia contra periodistas, activistas y minorías haya aumentado.
El insulto y la manipulación no son solo estrategias de comunicación, son estrategias de poder. No buscan únicamente ganar debates, buscan moldear la sociedad en su beneficio. Porque cuando el lenguaje se degrada, la política también se degrada. Y cuando la política se convierte en una guerra de trincheras verbales, el siguiente paso es que esas trincheras se trasladen a la calle.
No es casualidad que los ataques contra la prensa aumenten. No es casualidad que las instituciones democráticas sean deslegitimadas con bulos. No es casualidad que los discursos de odio proliferen y que muchos acaben sintiéndose legitimados para actuar en consecuencia. La violencia empieza con las palabras. Y si se deja crecer, acaba en los hechos.
█ El fin del matiz: o conmigo o contra mí
Algunos no solo han destruido la verdad y la decencia en el debate público, también han erradicado los matices. El lenguaje se ha vuelto binario: patriotas o traidores, héroes o enemigos, buenos o malos.
La complejidad ya no tiene cabida en el discurso político. Cualquier intento de análisis serio es tachado de “relativismo”, de “progresismo blando” o de “intelectualismo elitista”. En su mundo, si no repites su discurso palabra por palabra, eres parte del problema.
El lenguaje ha sido secuestrado y pervertido. Y en este nuevo mundo de gritos y falacias, la poesía —con su delicadeza, su búsqueda de significado y su respeto por la complejidad— es el primer cadáver en el suelo.
█ Se acabó la poesía, pero no la lucha
Nos han arrebatado la poesía, pero no debemos permitir que nos arrebaten la palabra. Si ellos han convertido el lenguaje en un arma de destrucción, nosotros debemos recuperarlo como un arma de resistencia.
El antídoto contra la mentira es la verdad, aunque esta sea más difícil de propagar. El antídoto contra el insulto es la inteligencia, aunque sea más difícil de escuchar entre tanto ruido. Y el antídoto contra el odio es la firmeza, porque el silencio solo fortalece a los que gritan.
La poesía ha muerto, sí. Pero la historia nos enseña que la poesía siempre resucita. Se acabó la poesía. Pero todavía hay quienes nos negamos a aceptarlo.