lunes, 31 de agosto de 2026

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL, FÁBRICA DE IDIOTAS


Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la inteligencia artificial.

Si hablamos en sentido estricto, hoy en día la inteligencia artificial no existe. Una IA debería, en su fase inicial, ser capaz de interactuar con humanos comprendiendo de alguna manera sus sentimientos y emociones, y en una fase avanzada -y aquí sí podríamos hablar ya de una verdadera inteligencia artificial- ser consciente de su existencia. Estas dos etapas están muy lejos de hacerse realidad, y los que nos mostramos escépticos pensamos que la más avanzada no llegará nunca, y si llega lo hará dentro de miles de años. Lo que hay actualmente son sistemas que, gracias al uso de algoritmos -un algoritmo es una secuencia de instrucciones que persigue un fin concreto-, entregan una respuesta a un problema que se les ha planteado.

Una inteligencia artificial con capacidad para esclavizar o eliminar a los humanos es una amenaza que solo existe en la literatura, el cine y el Off-Broadway. Sin embargo, el avance es imparable y, por ejemplo, al igual que una IA puede servir para combatir virus, también es útil para crearlos; de hecho, ya se han diseñado nuevos virus con la ayuda de la IA que pueden replicarse en el laboratorio. Vamos a dejar a un lado el uso de la IA por gobiernos, grandes corporaciones, el estamento militar, etc., y a centrarnos en lo que hace el pueblo llano con esa inteligencia artificial de baratija ofrecida de forma aparentemente gratuita por los emporios tecnológicos. ¿Es un producto útil que facilita la vida a los menesterosos? ¿Una pérdida de tiempo? ¿Un modo de controlar e idiotizar aún más a la población?

Hace no mucho realicé un experimento con el ChatGPT de OpenAI. Le planteé doce preguntas relacionadas con mi actividad profesional A, de diferente complejidad, algunas cortas y sencillas y otras extensas y con numerosos vericuetos, estas últimas muy difíciles de responder por una persona que se limitara a consultar en los buscadores de internet tradicionales.

Clasifiqué los resultados en tres categorías: A, B y C. En la categoría A las respuestas mostraban cierta coherencia y, exceptuando algunos desajustes, todo parecía tener sentido: eran las preguntas más fáciles. La categoría B contenía respuestas tan disparatadas que ni siquiera un ignorante en la materia las habría tomado en consideración: eran las preguntas más difíciles. En categoría C obtuve respuestas bien estructuradas y con sentido, pero si las analizabas con detenimiento, descubrías una cantidad nada despreciable de incongruencias, algunas notables. Cuando decidí ‘dialogar’ con la IA para que justificara algunas respuestas, aquello se convirtió en un juego de locos.

Las conclusiones que extraje fueron las siguientes: la categoría A arrojaba unos resultados útiles tanto para personas que sabían de la materia como para las que no; en la categoría B los resultados eran inservibles incluso a los ojos de un zopenco; en la categoría C los resultados solo eran útiles para los que poseían la capacidad de distinguir el grano de la paja, los demás podían llegar a creer en su fiabilidad, ya que esa era la impresión que daban. Esta era la categoría peligrosa.

El problema con la IA (en realidad pseudoIA) es que la mayoría de sus usuarios creen que están tratando con algo que tiene la capacidad de saber lo que dice, cuando esto no es así; es más, en cualquier momento una IA puede comportarse de un modo demencial, entregando resultados en apariencia alucinatorios (y digo en apariencia porque las alucinaciones son percepciones humanas) sin conexión alguna con la realidad. Una IA puede facilitar y resolver algunas tareas, pero no debemos ignorar nunca que es poco más que un buscador de Internet avanzado con la capacidad de seleccionar datos, organizarlos y entregar un resultado más o menos coherente.

Ahora retrocedamos en el tiempo a 1983, época de la Guerra Fría. Un avión surcoreano invade por error el espacio aéreo de la Unión Soviética y es derribado por un caza. Mueren todos los pasajeros, cerca de 300, entre ellos varios norteamericanos. La tensión es máxima; poco después, el sistema de alerta soviético detecta cinco misiles intercontinentales procedentes de Estados Unidos que se dirigen a territorio soviético. El encargado de dar la voz de alarma, el teniente coronel Petrov, después de analizar la situación, ignora el protocolo de actuación y no informa a sus superiores -lo que quizá habría supuesto una acción inmediata de respuesta-, porque considera que es un error. Y lo era: un fallo del sistema soviético de detección, de escasa fiabilidad, como todo producto comunístico. ¿Por qué Petrov se comportó de esa manera? Era un militar que venía del mundo civil y estaba acostumbrado a pensar por sí mismo, no a obedecer órdenes ciegamente; un militar de carrera probablemente habría dado la señal de alarma de inmediato, pero él pensó que no era lógico que Estados Unidos atacara con solo cinco misiles y no con miles, porque en una guerra atómica el factor sorpresa es fundamental, se trata de aniquilar al enemigo antes de que logre reaccionar, y con esa cantidad es imposible.

¿En el caso de que por aquella época hubiera existido una IA, ¿habría actuado de inmediato al recibir el aviso procedente de un satélite o se habría tomado un tiempo de reflexión como hizo Petrov? Este es un ejemplo extremo, porque incluso en la actualidad ninguna IA controla directamente esa decisión. Una cosa es la información, otra el conocimiento y otra la sabiduría, y esta última hoy por hoy solo está al alcance del ser humano, porque la sabiduría es sobre todo experiencia, prudencia y sensatez, cualidades que poseía Petrov, pero que seguramente nunca una inteligencia artificial será capaz de emular de forma satisfactoria.

Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa confirman lo que siempre he pensado: que Huxley estaba más acertado en su distopía que Orwell en la suya. La IA es la forma más sofisticada de soma que se le ofrece hoy a la buena gente, como si no tuviera ya bastante con la televisión, el teléfono celular, Twitter, Instagram, Facebook, TikTok, blogs, etc., y además un soma muy adictivo. Incluso los que critican y ridiculizan la IA dedican una gran cantidad de tiempo a utilizarla. No sé, esto es como si alguien que está en contra de la mariconería acepta ser sodomizado para demostrar que es una aberración, pero si luego te enteras de que ha convertido esa práctica en algo habitual, podrías llegar a pensar que no le disgusta del todo ser porculeado. Lo mismo ocurre con muchos que critican el pernicioso uso de las pantallas y que lanzan su discurso de forma obsesiva desde las propias pantallas, de las que rara vez se despegan. La IA es comida basura para mentes simples e idiotizadas que consumen la información de forma instantánea, sin analizarla.

La IA tiene, además, una particularidad asociada a los algoritmos, el sesgo, que matiza las respuestas para adecuarlas a determinados intereses. Esto todo el mundo lo puede imaginar, pero casi nadie es consciente cuando utiliza la IA. El sesgo puede ser detectado por quienes poseen formación crítica -especialmente en temas relacionados con la moral, la política, la economía y los intereses de los creadores de la IA-, pero para los demás puede pasar desapercibido.

En fin, que en determinados campos la inteligencia artificial va a representar un avance, pero para el hombre común y corriente adicto a la IA, el inevitable resultado será una merma de sus capacidades intelectuales y un empobrecimiento cultural. Porque es muy fácil sucumbir a la ley del mínimo esfuerzo; ya no hará falta memorizar ni comparar ni reflexionar, la máquina lo hará todo por ti, y al final obtendrás información -muchas veces sesgada, aunque no seas consciente de ello-, pero no conocimiento ni la satisfacción de aprender mediante el esfuerzo y la dedicación. Cuando utilizas la IA la estás alimentando y haciéndola más fuerte, aunque lo hagas con talante crítico o para echar unas risas. Y qué decir de los que la utilizan como si se tratara de consultorio psicológico o sentimental, proporcionándole datos personales. La IA va a conseguir que ciertas habilidades relacionadas con la inteligencia humana se atrofien por falta de uso. Incluso antes de la popularización de la IA, ya existían señales al respecto; por ejemplo, el abandono de la escritura a mano, con la consiguiente pérdida de las capacidades de concentración, retención, ejercicio mental, etc.

Lo que a mí de verdad me preocupa no es el mal uso de la IA que les den por el culo a los subnormales que utilizan la IA, por mí como si revientan todos- sino ver cada verano a multitud de hombres de todas las edades con pantalones bermudas, sin duda el más alarmante signo de decadencia de nuestro tiempo. Y en cuanto a la IA, yo continuaré ignorando una modernez que me repugna. Nada mejor que permanecer repantingado en mi sillón de orejas, con la pipa cargada de tabaco de Virginia, saboreando una humeante taza de té y con un libro en las manos. Y qué inmenso placer detenerse en una frase que te ha llamado la atención, cerrar los ojos, meditar sobre lo que acabas de leer para luego continuar serenamente. Y al terminar de leer, incorporarte y, con andar parsimonioso, dirigirte al dormitorio, donde la golfa de turno te aguarda con las piernas abiertas, dispuesta a ser penetrada.

© Doctor Amor    
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lunes, 27 de julio de 2026

SERPIENTE DE VERANO

Trabajar cincuenta semanas al año como un hámster en su rueda con la patética ilusión de comprar quince días de "libertad" no es un plan de vida; es un síndrome de Estocolmo corporativo. Nos arrastramos por los pasillos de la oficina alimentando la fantasía de que un billete de avión de bajo coste y un hotel con buffet libre van a sanar el vacío existencial de una vida mediocre. Al final, el turismo de masas no es más que un impuesto voluntario a la desesperación.

El vía crucis del consumidor alienado
La comedia empieza meses antes, cuando el esclavo decide gastar los ahorros que no tiene en un destino que ni siquiera le interesa, solo porque toca.
  • Compite de forma salvaje por el mismo metro cuadrado de arena infectada de niños gritones.

  • Paga tres veces el valor real de un mojito caliente con una sonrisa de idiota.

  • Sufre la humillación de los controles de seguridad aeroportuaria como si fuera un trámite espiritual.

  • Tolera la masificación colonialista convencido de que está "descubriendo culturas".

El postureo como sustituto de la existencia 
Una vez en el supuesto paraíso, el objetivo no es descansar, sino certificar ante sus conocidos que es feliz, aunque por dentro esté muerto.
  • Convierte el paisaje en un mero decorado para su sobredosis de fotos en redes sociales.

  • Madruga de forma militar para poner la toalla, perpetuando el mismo estrés que le hizo huir.

  • Devora experiencias empaquetadas a contrarreloj para convencerse de que su dinero ha valido la pena.

  • Descubre con horror que su amargura crónica y sus problemas de pareja también tienen pasaporte.

El glorioso regreso a la plantación: 
El verdadero chiste llega con el viaje de vuelta, cuando la carroza de cenicienta se convierte en el vagón de metro de siempre y la realidad le da una bofetada en la cara.
  • Regresa con la cuenta bancaria temblando y el cuerpo destrozado por los excesos del todo incluido.

  • Experimenta una depresión posvacacional que no es más que la constatación de que odia su vida real.

  • Mira las fotos del viaje con la melancolía de un náufrago, olvidando las picaduras de mosquito y las colas.

  • Empieza a pagar a plazos las próximas vacaciones para tener otra dosis de anestesia antes de colapsar.

El horizonte definitivo: El Ministerio del Relax Obligatorio y las vacaciones cerebrales 
El futuro de esta farsa no pasa por aviones más rápidos ni por playas artificiales; pasa por la rendición absoluta del individuo ante el algoritmo de la felicidad productiva. En pocas décadas, el libre albedrío vacacional será ilegalizado por atentar contra la salud mental del trabajador y, sobre todo, contra los intereses del Estado Corporativo.
  • El chip de desconexión forzada: Hacia el año 2050, las empresas implantarán el dispositivo VacationPlus™. Al llegar el periodo estival, el chip adormecerá tu corteza frontal, borrando temporalmente tus traumas laborales y sustituyéndolos por un bucle neuronal de olas de mar y olor a crema solar. Ya no hará falta viajar; se te mantendrá en un coma inducido en cápsulas de habitabilidad dentro de la misma oficina.

  • El pasaporte de dopamina: Viajar físicamente será un lujo prohibitivo reservado a las élites que posean un "Índice de Productividad Excelente". Los ciudadanos de a pie recibirán un kit de realidad virtual financiado por su sindicato. Si los sensores de tus gafas detectan que pestañeas con aburrimiento mientras miras un Hawái digitalizado, se te penalizará el sueldo por "resistencia al descanso".

  • Algoritmos de postureo automático: Para ahorrarte la molestia de simular que te lo estás pasando bien, una Inteligencia Artificial generará fotos tuyas hiperrealistas en playas paradisíacas de Bali y las subirá a tus redes. Mientras tu avatar digital proyecta una vida envidiable y llena de plenitud, tu cuerpo real estará en el sótano de casa consumiendo pasta térmica y barritas de proteínas baratas.

  • El reinicio posvacacional de fábrica: La gran innovación será la eliminación del síndrome posvacacional mediante lobotomías químicas de retorno. El último día de tus vacaciones obligatorias, un dron del Ministerio te inyectará un suero de amnesia selectiva. Olvidarás que descansaste, olvidarás que fuiste libre y despertarás un lunes a las ocho de la mañana con el entusiasmo renovado de un androide recién salido de su caja, listo para producir otras cincuenta semanas sin rechistar.

El sistema por fin habrá perfeccionado el círculo: el esclavo perfecto que es feliz por decreto, descansa por contrato y regresa a su puesto sin recordar jamás el sabor de la verdadera libertad.

Así que ya puedes ir preparando la mente para el próximo verano corporativo. No te preocupes por el vacío existencial del regreso; para entonces, tus propios recuerdos ya no te pertenecerán.

Sonríe, ciudadano. Tu descanso ha sido programado con éxito.

«GLOBAL VACATIONS™»

Nosotros fabricamos el paraíso. Usted solo firme el contrato. 
El mañana no le pertenece; disfrute su hoy obligatorio.


M I C K D O S

jueves, 4 de junio de 2026

¡¡VIVAN LAS CADENAS 2.0!!

El fenómeno de la clase obrera votando en masa a sus propios verdugos económicos es el mayor milagro sociopolítico de la España contemporánea... Es fascinante contemplar cómo un peón de obra, un repartidor de plataforma o un camarero con contratos de veinte horas falsificadas se convierten, de camino a la urna, en ardientes defensores de los intereses de las empresas del IBEX 35... Gracias a una magistral pirueta ideológica, el humilde trabajador español ha descubierto que su verdadero enemigo no es el empresario que le paga el salario mínimo, ni el fondo buitre que le sube el alquiler un cincuenta por ciento... No, el auténtico peligro para su precaria existencia es un lenguaje inclusivo, un mantero senegalés o un parado que pide subvenciones....

La metamorfosis del currante ibérico en guardián de las esencias de la reacción merece un estudio psicológico profundo.... El ciudadano medio español, asfixiado por la inflación y con una cuenta corriente que tiritaría ante cualquier avería del coche, decide que la mejor solución para sus problemas es alinearse con aristócratas de gomina y terratenientes que jamás han pisado el metro... Es enternecedor ver con qué orgullo defienden con su voto intereses económicos que solo beneficiarán a patrimonios que ellos no verán ni en cien vidas.. Convencidos por consignas de tres palabras en redes sociales, estos nuevos cruzados de la incorrección política acuden a votar con el pecho henchido de patriotismo, asumiendo que envolverse en una bandera gigante los protegerá milagrosamente del desahucio... La magia de este proceso radica en la canalización del resentimiento... La ultraderecha ha logrado vender un producto defectuoso como si fuera el elixir de la eterna juventud, y el votante obrero lo consume con devoción...Para qué exigir una sanidad pública digna o el refuerzo de las inspecciones de trabajo si puedes indignarte porque en un colegio de Albacete se habla de diversidad de género?.. 

El truco es infalible: se le dice al explotado que es un héroe nacional perseguido por las hordas del progresismo woke... Al instante, el individuo olvida sus dolores de espalda provocados por jornadas interminables y se centra en lo verdaderamente urgente: salvar la Navidad, defender las corridas de toros y vigilar que nadie profane la sagrada unidad de la patria...

Este votante reaccionario de clase baja es un auténtico filántropo....Renuncia voluntariamente a conquistas laborales, aprueba el desmantelamiento de los servicios públicos que utiliza a diario y aplaude leyes que precarizan aún más su sector, todo con tal de ver sufrir al rival político... Es la política del ojo por ojo llevada al absurdo: "Me va mal, pero al menos el Gobierno no va a contentar a los nacionalistas periféricos".... 

La capacidad de resistencia de este colectivo es encomiable... soportan carros y carretas en su vida laboral con una sumisión monacal, pero se transforman en fieros guerreros listos para la batalla cultural si ven un cartel publicitario que no se ajusta a los cánones tradicionales del siglo pasado...

El aparato de propaganda que sostiene esta deriva es digno de aplauso por su efectividad... Se ha convencido a personas que apenas llegan a fin de mes de que forman parte de una "mayoría silenciosa" perseguida por una dictadura progre invisible.... Así, el mileurista acude a las urnas creyendo que realiza un acto de rebeldía antisistema... cuando en realidad está consolidando el sistema más rancio y restrictivo posible...Es una disonancia cognitiva perfecta: se autodefinen como mentes despiertas que no se dejan engañar por los medios oficiales, mientras repiten textualmente los mismos bulos de tres líneas fabricados en despachos de consultorías políticas y difundidos por canales de mensajería instantánea....La estética de esta deriva sociopolítica también deja estampas memorables....Es habitual presenciar manifestaciones donde se mezclan abrigos de visón y banderas con aguilucho junto a trabajadores con ropa de faena, unidos todos en un tierno abrazo interclasista que desaparece en cuanto se apagan las cámaras y llega la hora de pagar las nóminas...El obrero reaccionario se siente integrado en una comunidad superior, aceptado temporalmente por una élite que, en privado, se mofa de su acento y de su falta de linaje, pero que en campaña electoral no duda en ponerse una gorra y pisar un bar de barrio para simular campechanía...

Resulta enternecedor el pánico inducido que guía el voto de estos ciudadanos...Se les asusta con ocupaciones masivas e inmediatas de sus viviendas (aunque vivan de alquiler), con invasiones migratorias que les quitarán unos puestos de trabajo que nadie más quiere aceptar, y con la destrucción inminente de sus valores culturales y sus tradiciones... El obrero, aterrorizado ante la idea de perder el control sobre unas miserias que apenas posee, entrega su confianza a partidos cuyo programa económico real se resume en privatizar hasta el aire....El día después de las elecciones, cuando descubra que las listas de espera del hospital son más largas y las becas de sus hijos han desaparecido, buscará culpables en cualquier minoría desfavorecida antes de admitir que la papeleta que introdujo en la urna llevaba su propia sentencia...

La deriva reaccionaria española no es un accidente; es el triunfo del entretenimiento sobre el análisis y de la víscera sobre el bolsillo...El votante trabajador de ultraderecha es la encarnación perfecta del siervo alegre: aquel que no solo acepta sus cadenas, sino que exige que se las pulan y critica al vecino que intenta romper las suyas... Es un espectáculo digno de contemplar, una comedia negra donde el público aplaude con entusiasmo mientras el escenario se desmorona sobre sus cabezas... convencidos de que el humo que los asfixia es, en realidad, el aroma de la verdadera libertad....

La raíz profunda de este tierno idilio entre el obrero precarizado y la ultraderecha no se encuentra solo en el miedo, sino en un terreno mucho más fértil y descuidado: una soberbia e imperturbable falta de cultura...y no me refiero a la simple ausencia de títulos universitarios —que, a menudo. solo sirven para engrosar las listas del paro con licenciados frustrados—, sino a un analfabetismo funcional y político cultivado con esmero durante décadas...Este votante es el producto perfecto de un ecosistema donde leer un libro se considera una pedantería y contrastar una información es un gasto inútil de energía...Para qué molestarse en comprender la compleja separación de poderes o el funcionamiento de la inflación cuando es muchísimo más cómodo y gratificante consumir píldoras de odio de quince segundos en una pantalla....La incultura de este colectivo opera como un escudo protector que los mantiene a salvo de cualquier brote de pensamiento crítico...Al carecer de los marcos históricos más elementales, son incapaces de asociar los discursos actuales con los fantasmas del pasado europeo.. asumiendo con asombroso candor que las consignas que escuchan son ideas frescas, rebeldes e innovadoras...Para el trabajador que se enorgullece de su propio desinterés por la historia, el fascismo es solo un insulto que los "progres" lanzan a cualquiera que no piense como ellos, y no un sistema real que históricamente trituró los derechos laborales que hoy da por garantizados...Esta orfandad intelectual los convierte en marionetas ideales para los estrategas de la reacción, quienes saben que un pueblo que no sabe de dónde viene es infinitamente más fácil de pastorear hacia donde a la élite le conviene...Resulta verdaderamente fascinante ver cómo la ignorancia se ha democratizado y, peor aún, se ha convertido en un motivo de orgullo... El obrero reaccionario exhibe su desprecio por los expertos, los científicos y los datos macroeconómicos con una altanería desarmante, oponiendo a cualquier argumento sólido un imbatible "a mí nadie me va a explicar cómo funciona el mundo"... Esta soberbia intelectual, nacida paradójicamente de la más absoluta inanición cultural, le permite equiparar el cuñadismo de barra de bar con el análisis geopolítico... Se produce así un cortocircuito perfecto: como el trabajador no entiende los mecanismos económicos que lo empobrecen, abraza con entusiasmo explicaciones mágicas y conspiranoicas que reducen los problemas del capitalismo global a las supuestas maquinaciones de una élite satánica o a los planes secretos de una agenda internacional...Esta alarmante indigencia cultural transforma las campañas electorales en un festival del absurdo donde el rigor científico es el primer elemento en ser sacrificado...El votante modesto, incapaz de distinguir un bulo burdo de una noticia contrastada, se convierte en una esponja de narrativas apocalípticas...Es el triunfo definitivo de la posverdad sobre el diccionario... 

Al final, la deriva reaccionaria de la clase trabajadora española no es más que el síntoma inevitable de un cuerpo social que ha sustituido las bibliotecas por los canales de desinformación masiva.. demostrando que no hay nada más peligroso para la democracia que un ciudadano que vota con las vísceras porque ha olvidado por completo cómo utilizar la cabeza.

𝕸𝖆𝖑𝖊𝖋𝖎𝖈𝖆𝖊

miércoles, 29 de abril de 2026

Soberanismo vs. Globalismo: la vuelta de tuerca de la Historia

Esta entrada es “fascista”. Lo digo así, sin anestesia y por derecho, para evitar malos entendidos y disgustos. Lo es porque intentaré explicar por qué hay ciudadanos que votan a partidos fascistas. Como “al fascismo no se le discute, se le combate”, ¿combatimos a estos millones de malos votantes o intentamos entenderles? (para vencer al enemigo hay que conocerlo). Dado que el pueblo vota mal, “¿no sería más sencillo que el Gobierno disolviera al pueblo y eligiera a otro”, como decía Bertolt Brecht en su poema “La solución”?

En un mundo de colectivos infantilizados y vulnerables a la propaganda emocional, guerra cognitiva, infoxicación saturante y ruido informativo abrumador, es difícil saber qué poderes toman las últimas decisiones. Bajo el análisis marxista diríamos que las toman las clases dominantes. Bajo un análisis político general diríamos que las élites políticas siguiendo un eje derecha-izquierda. Bajo un punto de vista economicista serían las grandes empresas tecnológicas (Big Tech), farmacéuticas (Big Farm), fondos de inversión, empresas del Complejo Militar-Industrial, Banca, magnates, etc. Pero, ¿siguen siendo válidos los ejes derecha/izquierda y clase dominante/clase dominada para explicar el poder en el mundo actual?, ¿son estos los ejes que definen la historia hoy? No lo sé, pero lo que sí sé es que hay un nuevo eje que está redefiniendo el orden mundial: el eje soberanismo/globalismo, algo así como la identidad nacional frente al globalismo homogeneizador y uniformizador de países y culturas. Sería una lucha entre un “romanticismo” exaltador de la historia y la nación y el “racionalismo” y la modernidad de un mundo globalizado, entre un pasado de mitos y el presente del logos.

Esta división ha desplazado en muchos contextos al tradicional eje izquierda-derecha, centrando el debate en el control de las decisiones nacionales frente a la influencia de instituciones internacionales. En esta pugna entre soberanistas y globalistas, los primeros defienden la nación, el control fronterizo y los valores tradicionales, mientras que los segundos defienden a los organismos supranacionales y la gobernanza multilateral (ONU, UE, Foro de Davos, FMI). Los primeros defienden el tradicionalismo, la identidad nacional y las raíces culturales; los segundos la diversidad multicultural, la interdependencia económica, la integración europea y las agendas globales (agenda 2030). Estos globalistas defienden los movimientos migratorios porque el mercado no conoce de fronteras estatales ni culturales. Para ellos estos emigrantes serían “el ejército industrial de reserva” de Marx, trabajadores precarizados o subempleados necesarios para el capitalismo porque presionan a la baja los salarios y son una mano de obra barata y disponible. La consecuencia sería un enfrentamiento entre los obreros nativos y los obreros inmigrantes, ese ejército industrial de reserva.

Estos partidos soberanistas, identitarios o derecha alternativa (alt-right) serían neofascistas, racistas y xenófobos porque son antiinmigración y no quieren diluir las identidades nacionales en una multiculturalidad global. Pero no todos los partidos antiinmigración son neofascistas de derechas, como el partido izquierdista alemán BSW de Sahra Wagenknecht, que aboga por políticas migratorias restrictivas. También la socialdemocracia de Suecia, Noruega y Dinamarca, teóricamente globalista, ha adoptado políticas antiinmigración.

¿Y qué pasa con USA respecto a este nuevo eje? Tradicionalmente, USA ha sido globalista porque desde su posición hegemónica mundial vendía sus mercancías e ideas en una mezcla de poder blando y poder duro: economía, política y poder militar. Como esta hegemonía desapareció por el ascenso de potencias emergentes (China), ha adoptado políticas soberanistas identitarias. Trump sería la plasmación de este soberanismo identitario con su “América primero”, una reacción ante la amenaza a dicha hegemonía. Para ello se ha apoyado en el descontento de una clase obrera precarizada por la desindustrialización y deslocalización empresarial. Esa clase obrera americana, los perdedores de la globalización (white trash), ha buscado refugio en la identidad, la religión y las tradiciones del “American Way of Life”, ese sueño americano ahora centrifugado en “la pesadilla americana”. Trump también se ha apoyado en las empresas tecnológicas, así que hay una extraña conjunción entre obreros precarizados y tecnoligarcas poderosos, una especie de “tecnocapitalismo con apoyo obrero”. Si a esto le sumamos el narcisismo de Trump, su psicopatía, sadismo, infantilismo y falta de empatía, tenemos una conjunción planetaria chunga, un cóctel Molotov “Made in USA” con un Trump tóxico.

¿Son también soberanistas Xi Jinping y Putin? Parece que sí, porque China sigue su propia agenda basada en la defensa de su soberanía nacional y el desarrollo de un modelo propio, distanciándose de la influencia occidental. Esta proyección de China como gran potencia soberana no acepta injerencias externas y consolida el “socialismo con características chinas”, una curiosa mezcla entre “comunismo de mercado” y tradiciones milenarias. De forma análoga, Putin también sería soberanista porque defiende la soberanía rusa. Esto explica las guerras de Rusia para defender su espacio paneslavo rusófono y la guerra de Ucrania, entendibles tras una OTAN  ampliada que amenaza a Moscú.

Así que tenemos un mundo multipolar de líderes soberanistas (Trump, Xi Jinping, Putin) y una Europa plagada de partidos soberanistas. Curiosamente, no hay una identidad occidental única, sino subidentidades occidentales, a veces enfrentadas por intereses contrapuestos (con Trump todo es posible). Es como si el choque de civilizaciones de Huntington hubiera devenido en choque de soberanismos, como si la identidad prevaleciera sobre la economía, como si el internacionalismo obrero hubiera mutado a un internacionalismo globalista. Por cierto, en el nacionalismo de Euskadi y Cataluña también habría soberanismo y, de hecho, en el 1-O y el Procés lo importante era la soberanía nacional catalana, no la clase social: obreros y burgueses iban de la mano en su soberanismo identitario catalán.

Una razón antropológica del soberanismo sería que los pueblos tienen memoria social y grupal, un poso y sedimento cultural de tradiciones, usos y costumbres (inconsciente colectivo junguiano).  Esta pulsión identitaria sería una reacción ante el poder mundial de las grandes empresas mundiales transnacionales que actúan al margen de culturas y son la plutocracia mundial (el dinero que manejan es superior al PIB de muchos estados). Pretenden recuperar su identidad tribal en los estados nación, su Arcadia idílica, y piensan que las decisiones se deben tomar en cada país, no en centros del poder global como Bruselas, Davos, Washington o la ONU, desde donde nos dicen como vivir y que estilo de vida adoptar (agenda 2030).

En el siglo XX el marxismo e internacionalismo obrero pretendieron superar los nacionalismos estatales con la identidad de clase, pero no se pudo porque el Mono sapiens necesita raíces, una historia, un grupo del que formar parte y al que pertenecer, un pasado al que se sienta ligado y del que sea prolongación. El ser humano busca certezas y seguridades y en el mundo actual, inseguro e incierto, los estados y naciones proporcionan esas certezas, también las religiones y culturas. Quizás sea que la identidad cultural y nacional pesa más que la identidad de clase. Por eso el socialista francés Jean Jaurès fracasó en su llamada a los obreros de los países enfrentados en la I GM para que no lucharan entre sí. Quizás por eso los votantes de Le Pen sean los obreros que antiguamente votaban a la izquierda y al PCF: es extraño pasar del voto obrero a la izquierda al voto a la ultraderecha, pero así es.

“El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”, decía Faulkner; ahora lo dicen los identitarios de ese pasado a los que les preocupa más el sentido de nación que el sentido de clase. 

Un Tipo Razonable





martes, 24 de febrero de 2026

LA SANGRE Y LA ESTUPIDEZ

Lo apunté hace unas semanas y lo repito: como ferviente defensor del sionismo y profundo admirador del pueblo que históricamente se identifica como judío, estoy muy decepcionado con los dirigentes políticos y militares de Israel; que no hayan sabido, podido, o lo que es peor, querido, encontrar otro medio de torcer la voluntad y la estrategia de Hamás, que a estas alturas se hace evidente que perseguía llegar al punto en el que hemos desembocado.

Israel estaba obligado a responder con violencia inusitada tras los ataques del 7 de octubre, sin duda. Pero violencia inteligente y bien dirigida, no siguiendo la “hoja de ruta” de operaciones a las que las ratas yihadistas los estaban invitando: masacrar inocentes escudos humanos adosados, con frecuencia de manera literal, a los legítimos objetivos armados, a esos milicianos que es como si no existieran, invisibles poco menos: ¿algún medio ha mostrado a uno de ellos reventado?, ¿en el recuento de víctimas se especifica el número de barbudos despedazados? Por supuesto que no, la guerra propagandística y sus cositas. Parece mentira, qué pardillos los Netanyahu y compañía. Qué estúpidos gañanes.

Por ejemplo, se podía secuestrar para torturarlos y asesinarlos a máximos y medianos dirigentes de Hamás, y a su gente cercana y querida; y a los enviados que Teherán tiene repartidos por la región azuzando y dando directrices, usando una supuesta causa que desde hace tiempo ningún musulmán se cree, para sus propios intereses y cálculos geoestratégicos.

Cálculos en la “mejor tradición” de Jordania y Egipto cuando en 1948 decidieron no echar toda la carne en el asador, que ya habría otra ocasión de guerrear y los palestinos expulsados de sus casas se jodieran en sus campamentos de refugiados, durante décadas contándoles la milonga que enseguida podrán regresar a sus hogares. Que solo un ratito más. Anda a tomar por culo, fariseos, tal para cual con Netanyahu.

Anda que no debe haber objetivos de sobra para eliminar, de manera quirúrgica, o con métodos sucios —un clásico del Mossad y del Shin Bet que casi nunca falló, y que no sé a qué están ahora— para amedrentar hasta hacérselo encima al más valiente cuando se trata de sacrificar a las “ovejas” Lo han hecho durante estos meses en momentos puntuales, pero no sé por qué no se ha insistido en esa vía; por qué no se ha abusado de eso o algo similar, puestos a abusar de segar vidas, mutilar cuerpos e infligir dolor insoportable. Que paguen los malvados, y paguen una cuenta abultada. Así de sencillo. Y de paso, ponerlos en el foco de quienes se llenan la boca defendiendo al pueblo palestino sin decir ni mu de Hamás, como si esto fuera una pelea entre generales sionistas contra solo niños y mujeres.

En definitiva, golpear duro y sin piedad donde más duele a quien de verdad manda en la Franja, porque obviamente a Hamás —y ya no digamos a los ayatollahs persas— no le duelen nada los civiles gazatíes asesinados por las FDI, ni estos gazatíes tienen voz ni voto en intervenir para detener la ola de cinismos, miseria, y muerte que está cayendo sobre sus cabezas. Nunca tuvieron opciones, ni siquiera de escapar, ahora menos.

Unas FDI cuyos integrantes, reservistas o profesionales, se están manchando las manos y la conciencia de una sangre que no tenía por qué verterse y que en el futuro repercutirá sobre la salud mental de bastantes de ellos. Vaya deshonra para un cuerpo que siempre combatió contra un enemigo igual o superior; agresivo y audaz, brutal y sin miramientos porque entendían que la situación lo requería. Pero con un mínimo de dignidad, si es que alguna guerra la tiene. Lo de ahora... nada que ver. Qué vergüenza, 80 años de Historia más o menos honorable mancillados en 2 años. Por no hablar de la memoria del Holocausto. O del levantamiento del Gueto de Varsovia. O del bravo y honesto sionista Yitzhak Rabin, héroe en la hora de la guerra y héroe en la hora de la paz, que estará revolviéndose en su tumba.

Muy decepcionado, sí. Y el papelón será cuando Netanyahu y su equipo sean sentenciados como criminales de guerra por la comunidad internacional, posiblemente con Washington a la cabeza... y los asesinos integristas partiéndose el culo de la risa. Hasta el más obtuso ve que ese es el vergonzoso escenario que se avecina, si el fanatismo no lo cegara. Menos mal que la sociedad israelí reaccionará sabiamente en algún momento, como siempre ha hecho, y parece que algunos ya están empezando: Netanyahu criminal de guerra, y Hamás, también. Esperemos que sean muchos más. ■

M I C K D O S

lunes, 8 de diciembre de 2025

MADE IN COCAINE

"Desde el conflicto de las supuestas lanchas narcotraficantes, el consumo de cocaína ha aumentado en algunos lugares de los EE. UU. un 150%".

En los años 80, Ronald Reagan inauguró una nueva era en los Estados Unidos. Una época en la que el "sueño americano" se podría cumplir más fácilmente.
Por ese mismo tiempo, Pablo Escobar pasaba del contrabando de tabaco a un nuevo producto con mucho éxito. La Cocaína. Carlos Lehder, conocedor del pueblo americano, convenció a Pablo de exportarlo en grandes cantidades a los EE. UU. En poco tiempo, la demanda aumentaba hasta convertirse en un problema económico que las autoridades estadounidenses anunciaron como "un problema de salud pública".
A los Estados Unidos les importa más bien poco la salud de sus ciudadanos: lo que realmente les duele son los dólares que se les escapan de su control. Por eso, los EE. UU. declararon la guerra al narco. La guerra de la DEA con los cárteles latinos ha sido una constante hasta que cayeron Pablo Escobar y el Chapo Guzmán.
¿Quién maneja hoy el cotarro de la coca?

Muy pocos creen que EE. UU. esté bombardeando supuestas narcolanchas en Venezuela para acabar con el narcotráfico. En todo caso, sería para controlarlo. Y sin duda, por su petróleo: Drill, baby, drill.

Y todo esto mientras las drogas legales siguen cotizando en bolsa con total tranquilidad. Porque una cosa es la cocaína del barrio y otra la que viene con receta de médico privado. Ahí ya no se llama "adicción", se llama "tratamiento". La diferencia entre un yonqui y un paciente es la tarjeta de crédito y el apellido. Michael Jackson, Matthew Perry...

Así que, después de estudiar minuciosamente —durante el tiempo que dura la lectura de esta entrada con su vídeo incluido, unos 8 minutos— a la sociedad americana, puedo afirmar con rotundidad que está gravemente enferma.
Mi "remedio" para ellos es un "supositorio".
Pero no de esos que se meten por el "jai": como están majaretas, el "supositorio" será mental y en forma de suposición, para que reflexionen… y no cojan otro vicio.

Supongamos... que Trump gana la guerra contra el narcotráfico y limpia las calles de sus great cities y little towns, infestadas de zombis fentanílicos, con su "Make America Great Again".
Supongamos que salva al gringuerío de las adicciones y los pasa de ser adictos a ser dependientes.

Porque los gringos son expertos en adicciones. No para tratarlas, sino para cultivarlas.

Son adictos a los 600 gramos de glucosa diaria, a las conspiraciones, a la religión, a las hamburguesas con doble tocino y queso de cartón, a las invasiones, a los donuts, a las armas que se compran en cualquier esquina, al café, al crack, a generar miedos, al juego.

Son adictos a los cupones de descuento, a convertir los traumas en startups, a disparar alumnos en las escuelas, al fentanilo, al petróleo, al LSD, a los opioides, al sexo, al alcohol, al Viagra y a las armas de destrucción masiva.
Adictos a los toppings para helados, a las ejecuciones extrajudiciales en lanchas, a las malteadas, a la marihuana y a los Black Friday.
Adictos a convertir las adicciones en industria.
Son adictos a crear amigos que después vuelven enemigos.

Son adictos a la cocaína, que aspiran mientras hacen yoga, deporte, negocios en la bolsa de valores, estudian, trabajan, conducen, viajan o bombardean países.

Consumen cuando van a fiestas, hacen cine, organizan más fiestas, en bodas, entierros e incluso cuando compran elecciones en otros países.
Consumen cocaína por productividad y velocidad porque, para ellos, time is money.
Aspiran mientras lavan dólares en bancos y buscan su paz interior, no para hacer el amor, sino la guerra.



Pero volvamos al "supositorio":
Trump gana la guerra del narco y acaba con todos los cárteles.
¿Con todos, todos? La cuestión es si también con los de su propio ejército.

Si lo consigue, la Casa Blanca dejará de llamarse Blanca y se convertirá en la Casa Trump o la Casa Naranja.
Los gringos, por fin, ganarán una guerra.
Los generales, senadores y congresistas gringo-narcos no volverán a recibir maletines llenos de dólares en yates ni a celebrar con champán.
Las armas tendrán que asumir el esfuerzo de financiar las campañas electorales ellas solas.

Cuando Trump celebre el triunfo contra el narcotráfico, empezará otro problema.
¿Qué será de los casinos? ¿Quién querrá ir a Las Vegas?
La palabra "lavado" quedaría en extinción: sería un verbo utilizado solo por amas de casa y colaboradoras del hogar, si es que todavía existen.

Colapsará la economía de mercado por falta de motivación blanca.
Los bróker de Wall Street no van a gritar ni a lanzar papeles: solo van a mirar el reloj y decir: "Ya son las tres… tengo sueño".
Les parecerá una eternidad hacerse millonarios en tres minutos.

Los mercados caerán a sus proporciones reales.
Los reguetoneros, raperos, rockeros, metaleros, punkeros y demás "eros" entrarán en depresión creativa.
En Hollywood actores y productores descubrirán lo que es dormir ocho horas seguidas.
Las entregas de guiones bajarán un 90%.
Miami entera entrará en estado de emergencia.
Los DJ y las radios colocarán playlists de música consciente y autoayuda.
"Saturday Night Live" pasará a llamarse "Saturday Morning Live".

Solo Netflix se salvará con series de narcos que volverán a ser un éxito: emitirán películas y documentales sobre la oscura era de la abstinencia, como antes lo hacían de la época de la Ley Seca.

Si Trump gana la guerra contra los narcos, los banqueros de todo el mundo solo recibirán transferencias de empresarios que pagan impuestos y aranceles.
Y empezarán a preguntar a los depositantes: "Sorry, ¿de dónde salieron los maletines con los dólares?".
Se va a normalizar la frase: "Lo sentimos, señor, ya no recibimos plata de narco; ahora solo aceptamos dólares limpios, legales y con comprobante fiscal".
Si Trump vence, se revelaría el secreto bancario, y eso…

Ante el anuncio de Trump de que Colombia y Venezuela son una guarida de mafiosos donde consigues cocaína en cualquier esquina, millones de estadounidenses verán estos países como su mejor destino turístico.
Las autoridades bolivarianas enjaularán a los yonquis gringos como si fueran guatemaltecos y los devolverán a Yankilandia encadenados por no haber llegado al país a trabajar.

La persecución de la migración mexicana contra gringos en abstinencia, será histórica.
Los millonarios descubrirán el verbo aburrirse y aprenderán a decir "hola, güey" en español.
Habrá protestas masivas para pedir que derriben el muro con México y permitan el tránsito libre de gringos por Sudamérica.

Estados Unidos lanzará un grito de protesta en Naciones Unidas a favor del "libre desarrollo de la personalidad" y una amenaza de bomba nuclear si no abren las fronteras suramericanas.

Seguramente habrá otra guerra de Secesión: esta vez, los habitantes de ciudades con nombres hispanos —San Francisco, Los Ángeles, San Diego, Santa Fe— se declararán mexicanos, salvadoreños, peruanos o colombianos.

Ahora bien, Si Trump gana la guerra contra el narco, pero baja en popularidad, Estados Unidos producirá sus propias drogas y así controlará toda la cadena de producción, tratamiento, comercialización, distribución... y luego clínicas de desintoxicación y tratamiento con pastillas.


Drogas orgánicas de diferentes olores, sabores y colores, 100% americanas que comercializarán con Coca-Cola, por supuesto, pero también McDonald's y otras marcas donde ya no se identificarán los gramos de azúcar que contiene, sino de coca.
Y jugando de nuevo con la doble moral y la hipocresía de la sociedad americana, Trump con su sonrisa de 36 dientes anunciará: "Estados Unidos ha vuelto. América es grande otra vez".

Al final, uno entiende que "el sueño americano" donde todos aspiran… 
a llegar más alto, está construido sobre una base del que se lo quita. 
Está "hecho en cocaína".

C L Y D E





sábado, 8 de noviembre de 2025

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO

Panoja, guita, cuartos, riqueza, pasta, plata, billete, botín, cuentas, monedas, efectivo, euros, parné… dinero.
Lo que separa el tengo del no tengo.

> Más de la mitad de los españoles tiene más deudas en sus tarjetas de crédito que ahorros.
> El 25 % no tiene ahorros en absoluto.
> El 11 % de los trabajadores está en riesgo de pobreza.
> Seis millones de personas sufren pobreza o exclusión.

¿Eso qué significa? ¿Que la clase media se está evaporando?
Quizás. Pero más allá de las cifras, lo que se deshace es algo más profundo: la confianza en que el trabajo garantiza estabilidad.
Que más que prosperar, se sobrevive.

¿Pero qué es el dinero?
El dinero no es facha ni progre; no distingue entre mérito y trampa, entre esfuerzo y privilegio.
No sabe quién lo sudó, quién lo heredó o quién lo robó.
Solo circula, se acumula, se esconde y se pierde.
No promete nada: solo mide, registra y compara.

Hay muchas formas de ver el dinero.
¿Es solo una unidad de valor pactada para el intercambio de bienes y servicios?
Dos euros por un litro de leche. Cien euros por cambiar un grifo.
¿O es algo más intangible: seguridad, felicidad, paz mental?

Hoy quiero verlo desde otra perspectiva: 
■ El dinero como dispositivo de medición

El dinero mide decisiones, no solo transacciones.
Mide el tiempo que regalamos, los sueños que postergamos, los límites que estamos dispuestos a cruzar.
La dura realidad es que la cantidad de dinero que acumulamos no depende del presidente del Gobierno, ni de burbujas que estallan, ni de empresaurios insufribles.
Depende de nuestra relación con el esfuerzo, con la renuncia, con la culpa… y con la suerte.

El dinero mide qué valor damos al descanso, a la familia, al orgullo, a la comodidad.
Mide hasta qué punto creemos que el sacrificio es una virtud y la pobreza, un fracaso.
Es el termómetro invisible de nuestra moral colectiva.

La sociedad y los medios nos dicen qué es ser un buen padre, una buena madre, un ciudadano productivo.
Y uno debe decidir: ¿me pierdo el partido, la obra, el concierto de mi hijo porque prefiero trabajar para invertir en su futuro?
Y cuando tomamos esa decisión, una y otra vez, el dinero está allí, como testigo y como juez.

Pero si el dinero mide nuestras decisiones, también mide nuestras sombras.
¿Cuánto vale nuestra integridad cuando el alquiler vence mañana?
¿A qué renunciamos cuando el miedo al vacío pesa más que el deseo de libertad?

Algunos venden tiempo, otros venden talento, otros venden silencio.
Y todos, de un modo u otro, ponemos precio a algo que creíamos sagrado.

Pienso en el autónomo con tres empleados, con cuatro familias que dependen de que un permiso administrativo llegue a tiempo.
El proyecto está listo, el trabajo firmado, las nóminas pendientes.
Pero el papel no se mueve. Y no se mueve porque alguien te sugiere que “una ayuda” podría agilizar el proceso.
No es una amenaza: es una oferta rutinaria.

Entonces te enfrentas a una elección que ningún manual de ética resuelve:
¿contribuir con la corrupción y salvar cuatro familias, o mantenerte limpio y cerrar la empresa?

El dinero no te da la respuesta: solo mide cuánto te duele cualquiera de las dos.

Nos persuade de que todo tiene valor porque todo tiene precio.
Y en esa lógica exacta y cruel se disuelven los matices.

Trabajamos por dinero, competimos por dinero, sufrimos por dinero, y luego decimos que el dinero no importa.
Claro que importa: es la unidad de medida de nuestro miedo.
Refleja no lo que somos, sino lo que estamos dispuestos a ser por sobrevivir, por destacar, por no quedarnos atrás.
Mide cuánto tememos al fracaso, al hambre, a la insignificancia.

Pintura barroca de David Teniers, el Joven (alrededor de 1648)

El dinero no destruye la moral: la revela.
Es la medida de lo que seríamos capaces de hacer cuando no tenemos nada… y, más inquietante aún, de lo que seríamos capaces cuando lo tenemos todo.
Y es ahí donde el dinero deja de ser un número en una cuenta y se convierte en un espejo de nuestras decisiones, de nuestras renuncias y de nuestros límites.
Revela la elasticidad de nuestra ética, esa frontera que se estira con cada apuro y se encoge con cada oportunidad.
Y ahí entran las pequeñas y las grandes trampas, esas que todos justificamos con la misma frase: “es que todo el mundo lo hace”.

El currela fontanero que hace descuento sin factura, el empresario que declara lo justo para no “asfixiarse”, el alto cargo que pasa de la silla pública a la privada con contrato de agradecimiento.
Nos mide cuando aceptamos un sueldo miserable porque “hay que aguantar”, cuando callamos ante la injusticia para no perder el trabajo, cuando disfrazamos la ambición de prudencia.

Tal vez el verdadero poder del dinero no esté en comprar cosas, sino en moldear la forma en que pensamos el tiempo, el valor y el futuro.
Nos empuja a medir la vida en costes y recompensas, como si no existiera otra forma de interpretar lo real.
Y mientras creemos que lo usamos, es él quien establece cuánto valen nuestras horas, nuestras lealtades y nuestros límites.

Porque el dinero no solo responde a la pregunta “¿cuánto tienes?”, sino a otra mucho más comprometida: ¿cuánto de ti dejaste en el camino para poder decir que tienes algo?

Y quizá el error ha sido pensar el dinero como un objeto externo, algo que está “fuera” de nosotros.
El dinero es, en realidad, una prolongación de lo humano: de nuestros miedos, aspiraciones y jerarquías invisibles. Lo que ordena el sentido de lo posible.

Porque el dinero no decide: condiciona.
No obliga: inclina.
No manda: seduce.
No ensucia: delata.
No nos corrompe: nos mide.

C L Y D E