Si en el Reino Unido, Japón o Estados Unidos existieran espectáculos taurinos como en España, la mayoría de la población de esos países los aplaudiría con fervor y se mostraría orgullosa de conservarlos y de promocionarlos, pero aquí algunos los denigran por razones que ni ellos mismos entienden, como no se entienden tantas cosas que dicen o hacen gentes sin alma ni corazón ni cerebro.
Vamos primero al asunto que parece preocupar tanto a esa chusma: el sufrimiento del toro durante la lidia. Por lo general esos idiotas se sienten afligidos por el destino de los toros, pero se olvidan del resto de creaciones animales de Dios: pollos, vacas, cerdos, borregos, serenos…, y de las condiciones en que malviven y malmueren esas pobres bestias. Que las gallinas pasen toda su vida enjauladas sin posibilidad alguna de movimiento no parece preocuparles, y tampoco el sacrificio ritual de los moros, que exige que el animal esté consciente en el momento del terrible y doloroso degollamiento. Según ellos, los toros son los animales que más tormento sufren, y los muy cretinos no comprenden que el toro, acostumbrado a vivir en libertad, sufre más cuando lo encierran y lo llevan a la plaza que en el momento de la lidia, porque allí sí puede defenderse. Y es que el toro no es como otros animales que huyen cuando se sienten amenazados o se les ataca, sino que se enfrenta con valentía y fiereza a cualquier desafío, por eso se habla de su bravura. Toda una vida en libertad, disfrutando en plena naturaleza a sus anchas para "sufrir" en la plaza apenas unos veinte minutos, que es lo que dura por término medio la lidia de cada animal. Y yo me digo: ¡Quién fuera toro bravo en vez de persona!
También aseguran los descerebrados que los aficionados al mundo de los toros son insensibles ante el sufrimiento animal en general, y seguramente también ante el sufrimiento humano, vegetal y hasta mineral, y que ignoran qué es la empatía, entre otras lindezas. Los muy desgraciados quizá no son conscientes de que todo eso que achacan a los taurinos es lo que se ve prácticamente a diario en los encuentros balompédicos con los que ellos seguramente disfrutan como enanos, sin querer reconocer que ahí se muestra toda la barbarie, incultura y degradación moral de la que es capaz el ser humano. Insultos, agresiones, peleas a muerte entre partidarios de distintos equipos antes de entrar en los estadios, a la salida y también dentro. Esa es la realidad de un espectáculo violento frente al pacífico mundo de la torería.
Los aficionados a los toros —y de esto puedo hablar con propiedad, ya que conozco a bastantes— son gente culta, inteligente y reposada. ¿Alguien ha visto alguna vez peleas en los alrededores de las plazas entre los partidarios de distintos toreros? ¿Alguien recuerda alguna vez alguna trifulca entre matadores y subalternos? No, amigos, la única violencia —y puramente verbal— que se produce en el ruedo, y de forma muy esporádica, es cuando el toro sale manso y el diestro —a los toreros zurdos también se les llama diestros— es inhábil o cobarde: la cobardía en un torero es algo inadmisible, como la tortilla de patatas con cebolla. Es entonces cuando el público protesta, pero siempre desde la contención y el máximo respeto. Los únicos que ocasionalmente logran desgraciar una corrida por un corto espacio de tiempo son los espontáneos, quienes se comportan de un infame modo que, a mi juicio, debería ser castigado con la muerte en la propia plaza y a manos del torero que en ese momento esté faenando, así mataría dos pájaros de una estocada y también se haría con el trofeo extra de las dos orejas y el rabo del impresentable provocador.
Los detractores de la fiesta nacional suelen otorgarse graciosamente ciertas cualidades morales de las que se sirven para pontificar sobre esto, aquello y lo de más allá, y no dudan en englobar en la categoría de malas personas a todos los amantes de la tauromaquia El hecho de ser antitaurinos, ecologistas, defensores de maricármenes y otros okupas, antinucleares, comunistas o anarquistas… los convierte automáticamente en buenas personas. ¿Acaso era una buena persona Enrique Himmler, el jefe de las SS? Para unos sí, para otros no, aunque la opinión mayoritaria es que no. Este hombre —quien, por cierto, durante un tiempo fue criador de gallinas, aunque con escaso éxito— recaló en Madrid en 1940 y entre otras actividades lúdicas asistió como invitado de honor a una corrida de toros en la plaza de Las Ventas. Pues bien, apenas dio comienzo el espectáculo, se mareó y se sintió mal, algo que percibieron todos los que se encontraban a su vera. La corrida terminó antes de lo previsto debido a la fuerte lluvia, lo que sin duda fue un alivio para el Reichsführer-SS. Uno de los espadas, Pepe Luis Vázquez —quien ese día confirmó su alternativa— acercóse y preguntóle al nazi por medio de un intérprete qué le había parecido el acto, y este respondióle que lo consideraba un espectáculo cruel y que no había soportado ver sufrir a los toros. De su respuesta podemos colegir que no siempre un antitaurino es una buena persona, ya que de hallarse en idéntica situación, es muy probable que Hitler, Stalin, Pol Pot y Zapatero hubieran manifestado el mismo disgusto que el señor Himmler.
Mi afición a los toros es puramente estética, considero la tauromaquia como un verdadero arte. Y como todo verdadero arte, hay que poseer la sensibilidad y una serie de conocimientos para saber apreciarlo, al igual que sucede en la pintura, la escultura o la música. Por eso hay pseudopersonas que rechazan abiertamente la música de Iannis Xenakis, la pintura de Mark Rothko y la arquitectura de vanguardia de John Lautner, por poner los tres primeros ejemplos que se me acaban de ocurrir, y no necesariamente por ser insensibles a ciertas manifestaciones artísticas elevadas, sino porque carecen del entendimiento para saber apreciarlas, ya que de entrada las rechazan apoyándose en una tenaz ignorancia voluntaria. Quien solo desee ver violencia y tortura, verá eso y no otra cosa, pero quien se atreva a dar un paso más encontrará en el toreo un asombroso juego físico y espiritual donde la vida y la muerte se funden en un abrazo inmortal.
Y pese a lo que afirmen unos pocos tristes agoreros, el mundo del toro no está en declive; es más, cada vez hay más jóvenes interesados en acercarse a un espectáculo mágico y racional cuya armónica belleza acaba por deslumbrarlos. Por eso yo siempre aconsejo a los muchachos de entre doce y quince años que no pierdan el tiempo con los videojuegos, las pantallas, la televisión, el tuiteo, las drogas y el alcohol; que en vez de eso se animen y acudan alguna vez a una plaza de toros y luego decidan si de verdad les gusta el espectáculo o no, pero siempre dejando atrás los prejuicios y las maledicencias que los progres y los maricones les han inculcado.
He aquí un plan de ocio ideal que recomiendo a todos los jóvenes para pasar una tarde-noche llena de sana y fructífera diversión: primero asistir a un espectáculo taurino y después ir de putas: de una corrida a otra corrida ♉︎

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