Esta entrada es “fascista”. Lo digo así, sin anestesia y por derecho, para evitar malos entendidos y disgustos. Lo es porque intentaré explicar por qué hay ciudadanos que votan a partidos fascistas. Como “al fascismo no se le discute, se le combate”, ¿combatimos a estos millones de malos votantes o intentamos entenderles? (para vencer al enemigo hay que conocerlo). Dado que el pueblo vota mal, “¿no sería más sencillo que el Gobierno disolviera al pueblo y eligiera a otro”, como decía Bertolt Brecht en su poema “La solución”?
En un mundo de colectivos infantilizados y vulnerables a la propaganda emocional, guerra cognitiva, infoxicación saturante y ruido informativo abrumador, es difícil saber qué poderes toman las últimas decisiones. Bajo el análisis marxista diríamos que las toman las clases dominantes. Bajo un análisis político general diríamos que las élites políticas siguiendo un eje derecha-izquierda. Bajo un punto de vista economicista serían las grandes empresas tecnológicas (Big Tech), farmacéuticas (Big Farm), fondos de inversión, empresas del Complejo Militar-Industrial, Banca, magnates, etc. Pero, ¿siguen siendo válidos los ejes derecha/izquierda y clase dominante/clase dominada para explicar el poder en el mundo actual?, ¿son estos los ejes que definen la historia hoy? No lo sé, pero lo que sí sé es que hay un nuevo eje que está redefiniendo el orden mundial: el eje soberanismo/globalismo, algo así como la identidad nacional frente al globalismo homogeneizador y uniformizador de países y culturas. Sería una lucha entre un “romanticismo” exaltador de la historia y la nación y el “racionalismo” y la modernidad de un mundo globalizado, entre un pasado de mitos y el presente del logos.
Esta división ha desplazado en muchos contextos al tradicional eje izquierda-derecha, centrando el debate en el control de las decisiones nacionales frente a la influencia de instituciones internacionales. En esta pugna entre soberanistas y globalistas, los primeros defienden la nación, el control fronterizo y los valores tradicionales, mientras que los segundos defienden a los organismos supranacionales y la gobernanza multilateral (ONU, UE, Foro de Davos, FMI). Los primeros defienden el tradicionalismo, la identidad nacional y las raíces culturales; los segundos la diversidad multicultural, la interdependencia económica, la integración europea y las agendas globales (agenda 2030). Estos globalistas defienden los movimientos migratorios porque el mercado no conoce de fronteras estatales ni culturales. Para ellos estos emigrantes serían “el ejército industrial de reserva” de Marx, trabajadores precarizados o subempleados necesarios para el capitalismo porque presionan a la baja los salarios y son una mano de obra barata y disponible.
Estos partidos soberanistas, identitarios o derecha alternativa (alt-right) serían neofascistas, racistas y xenófobos porque son antiinmigración y no quieren diluir las identidades nacionales en una multiculturalidad global. Pero no todos los partidos antiinmigración son neofascistas de derechas, como el partido izquierdista alemán BSW de Sahra Wagenknecht, que aboga por políticas migratorias restrictivas. También la socialdemocracia de Suecia, Noruega y Dinamarca, teóricamente globalista, ha adoptado políticas antiinmigración.
¿Y qué pasa con USA respecto a este nuevo eje? Tradicionalmente, USA ha sido globalista porque desde su posición hegemónica mundial vendía sus mercancías e ideas en una mezcla de poder blando y poder duro: economía, política y poder militar. Como esta hegemonía desapareció por el ascenso de potencias emergentes (China), ha adoptado políticas soberanistas identitarias. Trump sería la plasmación de este soberanismo identitario con su “América primero”, una reacción ante la amenaza a dicha hegemonía. Para ello se ha apoyado en el descontento de una clase obrera precarizada por la desindustrialización y deslocalización empresarial. Esa clase obrera americana, los perdedores de la globalización (white trash), ha buscado refugio en la identidad, la religión y las tradiciones del “American Way of Life”, ese sueño americano ahora centrifugado en “la pesadilla americana”. Trump también se ha apoyado en las empresas tecnológicas, así que hay una extraña conjunción entre obreros precarizados y tecnoligarcas poderosos, una especie de “tecnocapitalismo con apoyo obrero”. Si a esto le sumamos el narcisismo de Trump, su psicopatía, sadismo, infantilismo y falta de empatía, tenemos una conjunción planetaria chunga, un cóctel Molotov “Made in USA” con un Trump tóxico.
¿Son también soberanistas Xi Jinping y Putin? Parece que sí, porque China sigue su propia agenda basada en la defensa de su soberanía nacional y el desarrollo de un modelo propio, distanciándose de la influencia occidental. Esta proyección de China como gran potencia soberana no acepta injerencias externas y consolida el “socialismo con características chinas”, una curiosa mezcla entre “comunismo de mercado” y tradiciones milenarias. De forma análoga, Putin también sería soberanista porque defiende la soberanía rusa. Esto explica las guerras de Rusia para defender su espacio paneslavo rusófono y la guerra de Ucrania, entendibles tras una OTAN ampliada que amenaza a Moscú.
Así que tenemos un mundo multipolar de líderes soberanistas (Trump, Xi Jinping, Putin) y una Europa plagada de partidos soberanistas. Curiosamente, no hay una identidad occidental única, sino subidentidades occidentales, a veces enfrentadas por intereses contrapuestos (con Trump todo es posible). Es como si el choque de civilizaciones de Huntington hubiera devenido en choque de soberanismos, como si la identidad prevaleciera sobre la economía, como si el internacionalismo obrero hubiera mutado a un internacionalismo globalista. Por cierto, en el nacionalismo de Euskadi y Cataluña también habría soberanismo y, de hecho, en el 1-O y el Procés lo importante era la soberanía nacional catalana, no la clase social: obreros y burgueses iban de la mano en su soberanismo identitario catalán.
Una razón antropológica del soberanismo sería que los pueblos tienen memoria social y grupal, un poso y sedimento cultural de tradiciones, usos y costumbres (inconsciente colectivo junguiano). Esta pulsión identitaria sería una reacción ante el poder mundial de las grandes empresas mundiales transnacionales que actúan al margen de culturas y son la plutocracia mundial (el dinero que manejan es superior al PIB de muchos estados). Pretenden recuperar su identidad tribal en los estados nación, su Arcadia idílica, y piensan que las decisiones se deben tomar en cada país, no en centros del poder global como Bruselas, Davos, Washington o la ONU, desde donde nos dicen como vivir y que estilo de vida adoptar (agenda 2030).
En el siglo XX el marxismo e internacionalismo obrero pretendieron superar los nacionalismos estatales con la identidad de clase, pero no se pudo porque el Mono sapiens necesita raíces, una historia, un grupo del que formar parte y al que pertenecer, un pasado al que se sienta ligado y del que sea prolongación. El ser humano busca certezas y seguridades y en el mundo actual, inseguro e incierto, los estados y naciones proporcionan esas certezas, también las religiones y culturas. Quizás sea que la identidad cultural y nacional pesa más que la identidad de clase. Por eso el socialista francés Jean Jaurès fracasó en su llamada a los obreros de los países enfrentados en la I GM para que no lucharan entre sí. Quizás por eso los votantes de Le Pen sean los obreros que antiguamente votaban a la izquierda y al PCF: es extraño pasar del voto obrero a la izquierda al voto a la ultraderecha, pero así es.
“El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”, decía Faulkner; ahora lo dicen los identitarios de ese pasado a los que les preocupa más el sentido de nación que el sentido de clase.


