lunes, 31 de agosto de 2026

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL, FÁBRICA DE IDIOTAS

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la inteligencia artificial.

Si hablamos en sentido estricto, hoy en día la inteligencia artificial no existe. Una IA debería, en su fase inicial, ser capaz de interactuar con humanos comprendiendo de alguna manera sus sentimientos y emociones, y en una fase avanzada -y aquí sí podríamos hablar ya de una verdadera inteligencia artificial- ser consciente de su existencia. Estas dos etapas están muy lejos de hacerse realidad, y los que nos mostramos escépticos pensamos que la más avanzada no llegará nunca, y si llega lo hará dentro de miles de años. Lo que hay actualmente son sistemas que, gracias al uso de algoritmos -un algoritmo es una secuencia de instrucciones que persigue un fin concreto-, entregan una respuesta a un problema que se les ha planteado.

Una inteligencia artificial con capacidad para esclavizar o eliminar a los humanos es una amenaza que solo existe en la literatura, el cine y el Off-Broadway. Sin embargo, el avance es imparable y, por ejemplo, al igual que una IA puede servir para combatir virus, también es útil para crearlos; de hecho, ya se han diseñado nuevos virus con la ayuda de la IA que pueden replicarse en el laboratorio. Vamos a dejar a un lado el uso de la IA por gobiernos, grandes corporaciones, el estamento militar, etc., y a centrarnos en lo que hace el pueblo llano con esa inteligencia artificial de baratija ofrecida de forma aparentemente gratuita por los emporios tecnológicos. ¿Es un producto útil que facilita la vida a los menesterosos? ¿Una pérdida de tiempo? ¿Un modo de controlar e idiotizar aún más a la población?

Hace no mucho realicé un experimento con el ChatGPT de OpenAI. Le planteé doce preguntas relacionadas con mi actividad profesional A, de diferente complejidad, algunas cortas y sencillas y otras extensas y con numerosos vericuetos, estas últimas muy difíciles de responder por una persona que se limitara a consultar en los buscadores de internet tradicionales.

Clasifiqué los resultados en tres categorías: A, B y C. En la categoría A las respuestas mostraban cierta coherencia y, exceptuando algunos desajustes, todo parecía tener sentido: eran las preguntas más fáciles. La categoría B contenía respuestas tan disparatadas que ni siquiera un ignorante en la materia las habría tomado en consideración: eran las preguntas más difíciles. En categoría C obtuve respuestas bien estructuradas y con sentido, pero si las analizabas con detenimiento, descubrías una cantidad nada despreciable de incongruencias, algunas notables. Cuando decidí ‘dialogar’ con la IA para que justificara algunas respuestas, aquello se convirtió en un juego de locos.

Las conclusiones que extraje fueron las siguientes: la categoría A arrojaba unos resultados útiles tanto para personas que sabían de la materia como para las que no; en la categoría B los resultados eran inservibles incluso a los ojos de un zopenco; en la categoría C los resultados solo eran útiles para los que poseían la capacidad de distinguir el grano de la paja, los demás podían llegar a creer en su fiabilidad, ya que esa era la impresión que daban. Esta era la categoría peligrosa.

El problema con la IA (en realidad pseudoIA) es que la mayoría de sus usuarios creen que están tratando con algo que tiene la capacidad de saber lo que dice, cuando esto no es así; es más, en cualquier momento una IA puede comportarse de un modo demencial, entregando resultados en apariencia alucinatorios (y digo en apariencia porque las alucinaciones son percepciones humanas) sin conexión alguna con la realidad. Una IA puede facilitar y resolver algunas tareas, pero no debemos ignorar nunca que es poco más que un buscador de Internet avanzado con la capacidad de seleccionar datos, organizarlos y entregar un resultado más o menos coherente.

Ahora retrocedamos en el tiempo a 1983, época de la Guerra Fría. Un avión surcoreano invade por error el espacio aéreo de la Unión Soviética y es derribado por un caza. Mueren todos los pasajeros, cerca de 300, entre ellos varios norteamericanos. La tensión es máxima; poco después, el sistema de alerta soviético detecta cinco misiles intercontinentales procedentes de Estados Unidos que se dirigen a territorio soviético. El encargado de dar la voz de alarma, el teniente coronel Petrov, después de analizar la situación, ignora el protocolo de actuación y no informa a sus superiores -lo que quizá habría supuesto una acción inmediata de respuesta-, porque considera que es un error. Y lo era: un fallo del sistema soviético de detección, de escasa fiabilidad, como todo producto comunístico. ¿Por qué Petrov se comportó de esa manera? Era un militar que venía del mundo civil y estaba acostumbrado a pensar por sí mismo, no a obedecer órdenes ciegamente; un militar de carrera probablemente habría dado la señal de alarma de inmediato, pero él pensó que no era lógico que Estados Unidos atacara con solo cinco misiles y no con miles, porque en una guerra atómica el factor sorpresa es fundamental, se trata de aniquilar al enemigo antes de que logre reaccionar, y con esa cantidad es imposible.

¿En el caso de que por aquella época hubiera existido una IA, ¿habría actuado de inmediato al recibir el aviso procedente de un satélite o se habría tomado un tiempo de reflexión como hizo Petrov? Este es un ejemplo extremo, porque incluso en la actualidad ninguna IA controla directamente esa decisión. Una cosa es la información, otra el conocimiento y otra la sabiduría, y esta última hoy por hoy solo está al alcance del ser humano, porque la sabiduría es sobre todo experiencia, prudencia y sensatez, cualidades que poseía Petrov, pero que seguramente nunca una inteligencia artificial será capaz de emular de forma satisfactoria.

Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa confirman lo que siempre he pensado: que Huxley estaba más acertado en su distopía que Orwell en la suya. La IA es la forma más sofisticada de soma que se le ofrece hoy a la buena gente, como si no tuviera ya bastante con la televisión, el teléfono celular, Twitter, Instagram, Facebook, TikTok, blogs, etc., y además un soma muy adictivo. Incluso los que critican y ridiculizan la IA dedican una gran cantidad de tiempo a utilizarla. No sé, esto es como si alguien que está en contra de la mariconería acepta ser sodomizado para demostrar que es una aberración, pero si luego te enteras de que ha convertido esa práctica en algo habitual, podrías llegar a pensar que no le disgusta del todo ser porculeado. Lo mismo ocurre con muchos que critican el pernicioso uso de las pantallas y que lanzan su discurso de forma obsesiva desde las propias pantallas, de las que rara vez se despegan. La IA es comida basura para mentes simples e idiotizadas que consumen la información de forma instantánea, sin analizarla.

La IA tiene, además, una particularidad asociada a los algoritmos, el sesgo, que matiza las respuestas para adecuarlas a determinados intereses. Esto todo el mundo lo puede imaginar, pero casi nadie es consciente cuando utiliza la IA. El sesgo puede ser detectado por quienes poseen formación crítica -especialmente en temas relacionados con la moral, la política, la economía y los intereses de los creadores de la IA-, pero para los demás puede pasar desapercibido.

En fin, que en determinados campos la inteligencia artificial va a representar un avance, pero para el hombre común y corriente adicto a la IA, el inevitable resultado será una merma de sus capacidades intelectuales y un empobrecimiento cultural. Porque es muy fácil sucumbir a la ley del mínimo esfuerzo; ya no hará falta memorizar ni comparar ni reflexionar, la máquina lo hará todo por ti, y al final obtendrás información -muchas veces sesgada, aunque no seas consciente de ello-, pero no conocimiento ni la satisfacción de aprender mediante el esfuerzo y la dedicación. Cuando utilizas la IA la estás alimentando y haciéndola más fuerte, aunque lo hagas con talante crítico o para echar unas risas. Y qué decir de los que la utilizan como si se tratara de consultorio psicológico o sentimental, proporcionándole datos personales. La IA va a conseguir que ciertas habilidades relacionadas con la inteligencia humana se atrofien por falta de uso. Incluso antes de la popularización de la IA, ya existían señales al respecto; por ejemplo, el abandono de la escritura a mano, con la consiguiente pérdida de las capacidades de concentración, retención, ejercicio mental, etc.

Lo que a mí de verdad me preocupa no es el mal uso de la IA que les den por el culo a los subnormales que utilizan la IA, por mí como si revientan todos- sino ver cada verano a multitud de hombres de todas las edades con pantalones bermudas, sin duda el más alarmante signo de decadencia de nuestro tiempo. Y en cuanto a la IA, yo continuaré ignorando una modernez que me repugna. Nada mejor que permanecer repantingado en mi sillón de orejas, con la pipa cargada de tabaco de Virginia, saboreando una humeante taza de té y con un libro en las manos. Y qué inmenso placer detenerse en una frase que te ha llamado la atención, cerrar los ojos, meditar sobre lo que acabas de leer para luego continuar serenamente. Y al terminar de leer, incorporarte y, con andar parsimonioso, dirigirte al dormitorio, donde la golfa de turno te aguarda con las piernas abiertas, dispuesta a ser penetrada.

© Doctor Amor    
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