Aunque ninguno lo hayamos leído, todos hemos oído hablar de La cabaña del tío Tom, de Enriqueta Beecher Stowe, libro que fue prohibido en los estados del sur por considerarlo una forma de propaganda contra el sistema esclavista. En tiempos recientes también ha sido censurado o retirado de colegios de Estados Unidos (donde era una lectura habitual) por considerar que la figura del protagonista representa el estereotipo del esclavo sumiso que acepta con naturalidad, o por lo menos con serena resignación, la negra vida que le ha tocado. Hoy en día el apelativo de Tío Tom se utiliza de forma despectiva para describir a un negro (generalmente zumbón) servil con los blancos.
Vemos, pues, que un texto puede ser censurado o prohibido en determinadas circunstancias por razones bien distintas. Este afán por eliminar de la faz de la Tierra lo que no es políticamente correcto, lo que es desagradable a la vista, las opiniones ofensivas o simplemente las que no gustan, se ha incrementado en los últimos tiempos con la cada vez más numerosa presencia de los guardianes de la corrección política y moral, del wokismo y de la subnormalidad profunda. Y a tanto ha llegado que ciertos aspectos de la realidad, por banales que nos parezcan, han quedado no ya distorsionados, sino simplemente eliminados; por ejemplo, el hecho de que prácticamente en ninguna película actual aparezca gente fumando. También es raro ver en las películas de factura norteamericana personajes gordos (incluso en papeles secundarios), cuando es un país de gordos, pero esto viene de lejos.
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Raymond Cordy en la película de René Clair À nous la liberté (1931). También la foto inferior
La libertad de expresión tiene sus límites, nos dicen: no se puede hacer menoscabo de su dignidad lanzando insultos o burlas a negratas, maricones, tortilleras, moros, tullidos, subnormales, viejos, etc.; sin embargo, a casi todo el mundo le parece normal la obligación de respetar los dictados de instituciones como la Iglesia en todas sus alucinadas modalidades, los demenciales discursos patrioteros y nacionalistas de los políticos de todo signo y los suplementos culturales de ABC y de El País. Porque, amigos, en la libertad de expresión, considerada como valor netamente humano, debe tener cabida cualquier clase de opinión -racista, sexista, incitadora al odio…- por execrable que nos parezca. La prohibición de opiniones que se consideran molestas lo único que consigue es ocultarlas a la vista, sin analizar las causas que las han provocado. La prohibición se limita a la represión inmediata, el método más rápido, pero el menos efectivo a la larga si se desea que esas situaciones no vuelvan a repetirse. Lo valiente, lo que de verdad sirve para combatirlas, es dejar que todas las expresiones incómodas salgan a la luz, que se confronten con la realidad para que puedan ser refutadas y desarmadas. Porque censurar en los medios de formación de masas (los mal llamados medios de comunicación) actitudes racistas o fascistas no elimina el problema, únicamente lo deja soterrado; y no solo eso, porque sus propagadores, al sentirme víctimas, reafirman sus convicciones y se hacen más fuertes. Además, una sola mutilación de la libertad de expresión abre las puertas a todas las demás, todo es cuestión de dar el primer paso para poder justificar el resto.
Por otra parte, impedir la difusión de ideas y opiniones significa dudar de la capacidad de reacción y de análisis de los posibles receptores, al tratarlos como a idiotas y condenarlos a ignorar una realidad, por desagradable que sea, con la excusa de que es por propio bien, convirtiéndolos de esa manera en seres continuamente tutelados. Apostar por la libertad de expresión sin límites es una forma de luchar contra la obediencia a cualquier forma de poder, porque desde siempre el poder ha condenado la libertad de expresión sin límites; únicamente le ha interesado una libertad de expresión parcial y acotada a sus intereses, la mínima para que sus dominados se crean libres y eviten plantearse determinadas cuestiones al juzgar que no son importantes o que están resueltas. Pero la libertad de expresión o lo es sin límite alguno o no lo es; en el segundo caso podríamos estar hablando de la suma de unas cuantas libertades en concreto, que suelen depender del interés de quien las tolera de manera magnánima.
Las ideas son ideas y los actos, actos; esta afirmación tan obvia es, extrañamente, difícil de comprender para muchos. Criminalizar las ideas que se consideran una forma de perversión o de inmoralidad, y hasta las simples opiniones de signo contrario, es una forma de barbarie que nace, no solo de la intolerancia, sino también del miedo, de la inseguridad personal y de una carencia de recursos dialécticos para combatirlas. Que alguien esté a favor de permitir que se exprese cualquier idea que pueda considerarse una verdadera aberración, no significa que la comparta o que esté a favor de que esa idea se lleve a la práctica, La ofensa verbal de una persona a otra podría ser calificada de grave, pero está ejerciendo su libertad de expresión. Sin embargo, si esa misma persona toma la decisión de asesinar a la otra, entonces es algo muy distinto, porque nadie en su sano juicio defendería la libertad de matar, como tampoco las de sojuzgar, oprimir…, aunque en la realidad sean prácticas habituales.
Son los defensores de la libertad de expresión sin límites (o los que se muestran más tolerantes con las opiniones de los demás, por muy despreciables y repugnantes que las consideren) los que en menor medida cometen actos relacionados con la negación de los derechos de los demás, mientras que los que no toleran la libertad de expresión, la censuran y la reprimen, por lo general no se conforman solo con eso, porque en demasiadas ocasiones no dudan en pasar a la acción y comportarse de forma violenta cuando se sienten obligados moralmente a poner orden en las vidas de los demás. Los negadores de la libertad de expresión usan la estrategia de criminalizar las opiniones que no son de su agrado otorgándoles una categoría incluso de delito penal con la que justificar sus acciones represoras.
Hasta aquí este panfleto de progre moñas amante de la libertad de expresión sin límites que he escrito entre risotadas. Naturalmente, yo no estoy de acuerdo con esta mariconería flowerpower. A fascistas, comunistas y subnormales mediáticos no se les debería permitir expresarse libremente; es más, como basura que son, no se les debería permitir ni vivir.
Para mí la única libertad al alcance del ser humano es la interior, la libertad del espíritu y del pensamiento; la libertad que Dios otorga a los que creen en Él, a los que no se sienten presos de este mundo porque saben que un día descubrirán el verdadero sentido de su existencia, y eso solo sucederá cuando alcancen la vida eterna y permanezcan para siempre al lado del Señor Dios. ☩

