La prostitución, desde mi punto de
vista, es simplemente un intercambio libre entre una profesional
del sexo y un cliente que requiere sus servicios para cubrir una
necesidad o darse un capricho. De forma voluntaria dejaré a un
lado los casos de prostitutas obligadas a ejercer bajo amenazas
y coacciones, las que son maltratadas por chulos y clientes y todas
las que han llegado a ese mundo por determinadas circunstancias de la
vida, sin ellas desearlo. Me interesan, pues, las prostitutas
que lo son por voluntad propia, las que poseen la capacidad y
los medios para dedicarse a otra ocupación y que, por la razón
que sea, han elegido esta clase de actividad.
Yo
nunca he solicitado los servicios de una señorita puta, aunque es
cierto que acudo con cierta frecuencia a que me castiguen
dominatrices profesionales, pero sin sexo por medio (sexo
entendido como penetración, porque cualquier tipo de relación entre
un hombre y una mujer reviste un carácter sexual).
Mi
relación con el mundo sado-maso viene de lejos, desde que sentí una
necesidad imperiosa de ser zaherido por mujeres. Antes lo
intenté con amigas y amantes, pero la verdad es que no nos lo
podíamos tomar en serio y nos sentíamos torpes y ridículos, como
si estuviéramos actuando en una película de la comedia madrileña.
La persona que ejerce de dominatriz ha de ser alguien sin
relación personal contigo, alguien que vas a ver una vez (o
varias, si lo has pasado muy bien y deseas repetir), pero a la que no
te ata ningún vínculo emocional (conmigo eso no podría
suceder nunca). ¿Qué me mueve a solicitar los servicios de las
dominatrices? Creo que es por una cuestión de compensación; al
ser yo un hombre macho y comportarme como tal, la presión y
la responsabilidad a las que me veo sometido es inmensa, y de
tarde en tarde me siento invadido por una extraña sensación
que yo entiendo cercana a la melancolía, una sensación que de
algún modo me impele a invertir los papeles en el trato que dispenso
a las mujeres: pasar de ser el macho dominante empotrador a ser
el humillado y ofendido por expertas en la materia.
Deseo
aclarar que en este tipo de encuentros mi cuerpo no sufre violencia
alguna, ya que mi nivel de tolerancia al dolor físico es muy
bajo. Cualquier pequeño accidente doméstico (por ejemplo, si
me golpeo accidentalmente un dedo con un martillo) es una
verdadera tragedia, porque no soporto el más mínimo dolor. De
no ser por esto, me encantaría, por ejemplo, que una dominatriz
me clavara un tacón de aguja en el escroto, y otras
lindezas parecidas, pero solo de pensarlo ya me dan mareos, de
modo que he de conformarme con los insultos verbales, o que me
aten al cuello una correa de perro y me paseen por la casa a
cuatro patas, o que me encierren en una jaula, o lamerles los pies y
el ano…; en fin, toda esa clase de inocentes juegos de
discreto encanto.
Pero
volvamos al tema que nos ocupa. Se habla mucho de que la prostitución
es denigrante, pero las críticas casi siempre vienen de
personas ajenas a ese mundo (feministas, progres, puritanos,
cristianitos, subnormales, etc.). Si todas las prostitutas decidieran
retirarse, la profesión desaparecería, y lo mismo si se dejaran de
acudir a ellas todos sus clientes. ¿Por qué esto no ocurre? Es
evidente: porque tanto unas como otros obtienen beneficio del
libre intercambio: pesetas por un lado y sexo (y a veces
también compañía, apoyo emocional, combatir la soledad, etc.)
por el otro. Nadie, y menos el Estado o los enloquecidos
progres, pueden sermonear a putas y clientes sobre qué deben hacer
con sus vidas, ya que se trata de un asunto privado entre
particulares no regulado por las instituciones públicas.
La
prostitución es como cualquier otra ocupación donde uno ofrece su
fuerza de trabajo por una retribución económica, y también
como una transacción comercial más. Por ejemplo, desde hace un
tiempo utilizo los servicios de Amazon; yo consigo artículos que me
interesan y que no se encuentran en tiendas físicas y Jeff Bezos
(que Dios lo bendiga) recibe a cambio mis pesetas. Ambos nos
beneficiamos del intercambio, y bastaría que yo (usando mi
libertad) dejara de adquirir sus productos o que él (usando también
su libertad) echara el cierre de su negocio para que nuestra
cordial relación se rompiera. Sin embargo, ¿por qué
desearíamos hacer eso si conservando nuestra relación ambos salimos
ganando?
La
prostitución posee las mismas características que cualquier trato
comercial, un intercambio libre entre dos personas donde ninguna
está obligada a mantenerlo; si una lo hace es por su propio
interés, y ese interés favorece el interés de la otra, y lo mismo
en sentido inverso. Aquí todos salen ganando y nadie pierde.
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