lunes, 7 de septiembre de 2026

HOY NOS VAMOS DE PUTAS

La prostitución, desde mi punto de vista, es simplemente un intercambio libre entre una profesional del sexo y un cliente que requiere sus servicios para cubrir una necesidad o darse un capricho. De forma voluntaria dejaré a un lado los casos de prostitutas obligadas a ejercer bajo amenazas y coacciones, las que son maltratadas por chulos y clientes y todas las que han llegado a ese mundo por determinadas circunstancias de la vida, sin ellas desearlo. Me interesan, pues, las prostitutas que lo son por voluntad propia, las que poseen la capacidad y los medios para dedicarse a otra ocupación y que, por la razón que sea, han elegido esta clase de actividad.

Yo nunca he solicitado los servicios de una señorita puta, aunque es cierto que acudo con cierta frecuencia a que me castiguen dominatrices profesionales, pero sin sexo por medio (sexo entendido como penetración, porque cualquier tipo de relación entre un hombre y una mujer reviste un carácter sexual).

Mi relación con el mundo sado-maso viene de lejos, desde que sentí una necesidad imperiosa de ser zaherido por mujeres. Antes lo intenté con amigas y amantes, pero la verdad es que no nos lo podíamos tomar en serio y nos sentíamos torpes y ridículos, como si estuviéramos actuando en una película de la comedia madrileña. La persona que ejerce de dominatriz ha de ser alguien sin relación personal contigo, alguien que vas a ver una vez (o varias, si lo has pasado muy bien y deseas repetir), pero a la que no te ata ningún vínculo emocional (conmigo eso no podría suceder nunca). ¿Qué me mueve a solicitar los servicios de las dominatrices? Creo que es por una cuestión de compensación; al ser yo un hombre macho y comportarme como tal, la presión y la responsabilidad a las que me veo sometido es inmensa, y de tarde en tarde me siento invadido por una extraña sensación que yo entiendo cercana a la melancolía, una sensación que de algún modo me impele a invertir los papeles en el trato que dispenso a las mujeres: pasar de ser el macho dominante empotrador a ser el humillado y ofendido por expertas en la materia.

Deseo aclarar que en este tipo de encuentros mi cuerpo no sufre violencia alguna, ya que mi nivel de tolerancia al dolor físico es muy bajo. Cualquier pequeño accidente doméstico (por ejemplo, si me golpeo accidentalmente un dedo con un martillo) es una verdadera tragedia, porque no soporto el más mínimo dolor. De no ser por esto, me encantaría, por ejemplo, que una dominatriz me clavara un tacón de aguja en el escroto, y otras lindezas parecidas, pero solo de pensarlo ya me dan mareos, de modo que he de conformarme con los insultos verbales, o que me aten al cuello una correa de perro y me paseen por la casa a cuatro patas, o que me encierren en una jaula, o lamerles los pies y el ano…; en fin, toda esa clase de inocentes juegos de discreto encanto.

Pero volvamos al tema que nos ocupa. Se habla mucho de que la prostitución es denigrante, pero las críticas casi siempre vienen de personas ajenas a ese mundo (feministas, progres, puritanos, cristianitos, subnormales, etc.). Si todas las prostitutas decidieran retirarse, la profesión desaparecería, y lo mismo si se dejaran de acudir a ellas todos sus clientes. ¿Por qué esto no ocurre? Es evidente: porque tanto unas como otros obtienen beneficio del libre intercambio: pesetas por un lado y sexo (y a veces también compañía, apoyo emocional, combatir la soledad, etc.) por el otro. Nadie, y menos el Estado o los enloquecidos progres, pueden sermonear a putas y clientes sobre qué deben hacer con sus vidas, ya que se trata de un asunto privado entre particulares no regulado por las instituciones públicas.

La prostitución es como cualquier otra ocupación donde uno ofrece su fuerza de trabajo por una retribución económica, y también como una transacción comercial más. Por ejemplo, desde hace un tiempo utilizo los servicios de Amazon; yo consigo artículos que me interesan y que no se encuentran en tiendas físicas y Jeff Bezos (que Dios lo bendiga) recibe a cambio mis pesetas. Ambos nos beneficiamos del intercambio, y bastaría que yo (usando mi libertad) dejara de adquirir sus productos o que él (usando también su libertad) echara el cierre de su negocio para que nuestra cordial relación se rompiera. Sin embargo, ¿por qué desearíamos hacer eso si conservando nuestra relación ambos salimos ganando?

La prostitución posee las mismas características que cualquier trato comercial, un intercambio libre entre dos personas donde ninguna está obligada a mantenerlo; si una lo hace es por su propio interés, y ese interés favorece el interés de la otra, y lo mismo en sentido inverso. Aquí todos salen ganando y nadie pierde.

© Doctor Amor    
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