lunes, 28 de septiembre de 2026

LA LECTURA, FÁBRICA DE CRETINOS

El mejor escritor español del siglo XX, José Pla, comentó en una ocasión que quien leía libros de ficción a partir de los treinta y cinco años era un cretino. Yo, como es lógico y natural, estoy totalmente de acuerdo con el de Palafrugell.

Es sabido que el hombre prehistórico no leía. Ocupado en buscarse el sustento todos los días en su dura lucha contra los elementos y las bestias salvajes que abarrotaban el mundo en aquellos tiempos (pterosaurios, ictiosaurios, diplodocus…), apenas disponía de tiempo para la reflexión serena y debía conformarse con pintar monigotes en las cuevas de Altamira. Lo cierto es que la lectura es una actividad muy reciente, y eso que el ser humano, según el libro del Génesis, lleva poblando la Tierra desde hace al menos seis mil años.

¿Por qué leemos en vez de no leer? ¿Existe alguna necesidad imperiosa que nos conduzca a ello? ¿Leemos por esnobismo, por seguir los dictados de la moda, por pedantería, por una imposición social, por aburrimiento, por no atrevernos a hacer la Revolución? De todas las actividades en las que el ser humano invierte su tiempo, la lectura es una de las que más ha prestigiado la sociedad biempensante, pese a que no ha aportado beneficio tangible alguno en la mejora de las condiciones de vida de las personas, como sí lo han hecho, por ejemplo, la invención de la fregona y del papel limpiaculos.

Hay una opinión generalizada entre los fanáticos de la lectura que encumbra el simple acto de tomar un libro en las manos a la categoría de sublime. Para muchos leer es ampliar horizontes, y no solo culturales e intelectuales, sino también éticos y morales. Y los hay que lo consideran un medio para alcanzar la felicidad, para ser mejor persona, para entender el mundo, para cambiar —a mejor, se entiende— la sociedad; en definitiva, que el acto de leer acaba por convertirse en una especie de panacea para la mente y el alma. Los hay incluso que parlotean acerca de la existencia de un vínculo sagrado entre el lector y el autor, una especie de comunión espiritual que en realidad no es más que una forma de idealismo ridículo lleno de fantasía. Y por si eso no fuera bastante, una gran parte de los fundamentalistas de la lectura consideran que los que no comulgan con su sagrado rito habitan una especie de tierra baldía donde nunca lograrán alcanzar los valores que ellos poseen.

Mi vinculación con la literatura de ficción ha sido siempre más bien escasa, la verdad sea dicha. Tengo el orgullo de proclamar a los cuatro vientos que he leído poco y mal, porque nunca me ha entusiasmado esa actividad, seguramente porque no he buscado en el libro un cómplice, un amigo, una ayuda, un medio para realizarme o avanzar cultural y moralmente en la vida. Desde mi punto de vista, leer se reduce a sentarme en mi sillón de orejas sin más pretensión que disfrutar del acto físico que conlleva la tarea de leer, sin buscar nada más que una distracción pasajera.

Mis lecturas favoritas se han correspondido con lo que se conoce como literatura de evasión: novelas policiacas inglesas, novelas de humor inglés, novelas que reflejan el costumbrismo inglés, etc. La lectura de ficción es una actividad de la infancia y la adolescencia que se convierte en una ridiculez en personas adultas, y yo así lo entiendo. Para mí la literatura posee la misma trascendencia que el coleccionismo de sellos o el modelismo ferroviario: muy poca o ninguna, y esta afirmación no es una provocación, estoy siendo sincero.

Juzgo, además, que la literatura es prescindible en la sociedad moderna. Disponemos de tal cantidad de medios de entretenimiento que si la comparamos con el cine, los videojuegos o las redes sociales, siempre va a salir perdiendo por su primitivismo y el tiempo y atención que exige. Por mucho que se hable de su importancia en la sociedad, si los escritores y las excrecencias que producen desaparecieran de repente de la faz de la Tierra, el mundo seguiría girando con normalidad, las gentes muy pronto se acostumbrarían a vivir sin libros y serían igual de felices o de desgraciadas. Pero no sucedería lo mismo si desaparecieran los médicos, los basureros, las putas, los arquitectos, los fabricantes de freidoras de aire… En ese caso el mundo se convertiría en un lugar deficiente, quizá hasta inhabitable, porque carecería de los pilares fundamentales que garantizan su estabilidad y el bienestar de sus pobladores.

Para unos leer es un medio de elevación, pero para otros —entre los que me cuento— es un simple pasatiempo ocasional. No recuerdo haber terminado ni un solo libro de ficción en los últimos años, ni en papel ni en mi flamante Kobo Elipsa 2E. Literalmente los libros se me caen de las manos después de la veintena de páginas. Las tramas, de tan vistas, me causan un sopor indescriptible, y la riqueza del lenguaje hace ya tiempo que dejó de interesarme. Ni siquiera las obras que tratan sobre nada, que antes me entusiasmaban, despiertan el menor interés en mí. (Por cierto, el sueño de Flaubert era escribir una novela sobre nada, y casi lo consigue con Bouvard y Pécuchet).

No obstante, la literatura de ficción y en especial la novela romántica, sigue siendo un terreno abonado para el goce y disfrute de la mayoría de mujeres, quienes buscan en la lectura sentimientos, emociones, personajes que afronten con entereza los infortunios de la vida, historias de superación personal y el colofón de un final feliz que serena el alma e invita a ir a por más. No es casualidad la sobreabundancia en librerías y bibliotecas de obras de escritoras cuyas destinatarias son mayoritariamente mujeres. Y qué decir de los premios literarios importantes, en los que la presencia del sexo débil es abrumadora.

En un futuro no muy lejano, leer obras de ficción será una ocupación exclusiva de mujeres, ellas serán los únicos garantes de que una industria de entretenimiento que apuesta por la banalidad más pueril logre mantener a lo largo del tiempo su marcha triunfal. ♥♥

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