Esta entrada en principio era solo la introducción de la dedicada a uno de mis temas favoritos: Dios, pero una vez recortada del documento WordPerfect donde guardo todas seguidas, he comprobado que era demasiado extensa, así que he decidido dividirla en dos partes. La parte interesante es la segunda, que es donde cuento mi relación con Dios y la necesidad de creer en Él, La que entrego ahora solo trata de cómo perdí la fe en la infancia. Desgajada de la principal, el tema que planteo en esta a los no creyentes del blog se centra en una única cuestión: cómo, cuándo y por qué perdieron la fe en Dios. A esta entrada le seguirá, pues, otra que se titulará YO y DIOS. PARTE II: CÓMO RECUPERÉ LA FE. La presente, que sirve de transición, no debería permanecer en cartelera más que unos pocos días.
Mi primera relación con Dios fue muy temprana, ya que pertenezco a una familia de honda tradición católica por parte de padre, madre y muy señor mío. Incluso una tía por la que siento un gran aprecio se ha dedicado profesionalmente a la práctica de la religión, porque es monja de clausura desde tiempo inmemorial.
Tengo muy presentes en la memoria las imágenes de los amaneceres que poblaron mi tierna infancia, cuando me acomodaba en el sillón estilo Voltaire del living y me concentraba en la lectura de un imponente tomo de más de cuatro kilos de peso, la Biblia de Jerusalén ilustrada, siempre antes de vestirme y de perfumarme con unas gotas de agua de colonia 4711, para luego dirigir mis pasos en dirección al colegio.
en la serie "Los Vengadores"
La curiosidad por descubrir los secretos del mundo que se mostraba a mis ojitos carecía de límites, así que en mis ratos libres me dedicaba a recorrer la ciudad que no me vio nacer en busca de emociones fuertes; emociones que, siendo yo un niño caprichoso y consentido, solo hallaba en las tiendas de abarrotes, en los bazares jugueteros y en las expendedurías de libros. Ávido lector de la Biblia, pronto me sentí hastiado de los tebeos y de las simplezas impresas destinadas al público infantil (nunca entendí por qué el pirata Garrapata le tenía tanta estima al Comadreja, un ser taimado que siempre trataba de aprovecharse de él), de modo que decidí leer libros de verdad que, para mi desgracia, en mi hogar siempre habían brillado por su ausencia, ya que mis progenitores no disfrutaban con el placer de la lectura (que yo recuerde, únicamente la Biblia que he citado, un tratado agropecuario, una antología de los discursos del general Charles de Gaulle y la guía de teléfonos descansaban en la estantería rinconera).
Y en una de esas razias en librerías en busca de alimento para mi inquieta mente, me topé con un ejemplar que despertó mi atención de una forma antediluviana, casi como si me hubieran golpeado sañudamente con un picaporte en los testículos: Por qué no soy cristiano, de Beltrán Russell, en una edición de bolsillo de la editorial Edhasa. Primero lo ojeé y después lo hojeé; ansiaba conocer la razón que había movido a aquel tipejo a afirmar por escrito que no era cristiano, porque desde mi punto de vista de creyente devoto, no ser cristiano era algo no solo incomprensible, sino también imposible, inverosímil e inaudito. Tomé el volumen en mis manos y comencé a leerlo con curiosidad malsana y un poco de asco, la verdad sea dicha. Sin embargo, la lectura no me desbarató la mente ni me causó espanto como yo había temido; au contraire, poco a poco, en cada frase que el autor desgranaba entre arabescos y porrazos, comencé a descubrir unas ideas que jamás me habría atrevido a imaginar por mi cuenta y riesgo. Lo que contaba el ilustre pensador tenía su sentido y hasta su implacable lógica, tanto que no pude evitar que los cimientos en los que había depositado mi fe comenzaran a desmoronarse in situ e ipso facto.
Era imprescindible que adquiriera el libro y estudiara su contenido con la debida atención en la comodidad de mi hogar burgués. Me dirigí al mostrador, pregunté el precio, busqué en los bolsillos de mis pantalones y… comprobé horrorizado que me faltaban treinta y cinco pesetas para completar el importe total. Por desgracia, antes de entrar en la tienda había comprado y consumido un sorbete de limón y una bolsa de caramelos de regaliz, de no haberlo hecho, me habría llegado el dinero. Maldije una y mil veces mi mala suerte; no obstante, le rogué al librero, un tipo enjuto, de mirada aviesa y seguramente adicto al homosexualismo, que me hiciera una rebaja, pero se negó en redondo. Entonces le supliqué que me permitiera llevarme el libro porque tenía la intención de regresar poco después para entregarle la cantidad restante, pero tampoco atendió mi nueva petición. La única solución que me ofreció consistió en que le diera todo el dinero que llevaba encima, él me guardaba el libro y yo podría recogerlo aportando el resto cuando me viniera bien, siempre y cuando no tardara mucho, ya que en ese caso se quedaría con el libro y el dinero.
Pero yo quería que el libro pasara a mi poder en ese preciso momento, en realidad lo necesitaba tanto o más que el aire que respiraba. Ese libro debía ser mío ya, así que sobre la marcha se me ocurrió una hábil maniobra de distracción: simulé que tropezaba, me lancé sobre el mostrador y arrojé toda una pila de libros al suelo, lo que causó un gran estrépito y provocó la atención de los clientes que en ese momento se encontraban en el garito. El facineroso librero me llamó torpe, descuidado, lerdo, tardo, inhábil, obtuso, zote, inepto, patoso y no sé cuántos sinónimos más, mientras se afanaba en recoger los ejemplares del suelo, instante que yo aproveché para apoderarme del libro, abandonar el establecimiento a todo correr y no detenerme hasta llegar a casa.
Esa misma noche lo leí entero, en la cama, cubierto con la sábana con estampados de Sailor Moon y provisto de una linterna con la que me alumbraba, para no tener que dar la luz y que mis padres me descubrieran con un libro impío en las manos, ya que en tal caso su disgusto habría sido mayúsculo: mal rollo, malas consecuencias. El libro me deslumbró; cierto es que yo tenía doce años y únicamente había leído la Biblia y los textos escolares con los que los maestros —un maestro es la quintaesencia de la persona fracasada— trataban de inculcar en mi mente infantil una sarta de tonterías y estupideces con la malsana intención de convertirme en un ser útil a la sociedad.
Visto desde la distancia, ese libro es una auténtica porquería porque, además de que carece de unidad temática —es una mera recopilación de artículos sobre temas variopintos de desigual calidad publicados aquí y allá— es también de una superficialidad y falta de rigor en sus planteamientos que asustan al más pintado. Mas yo era solo un niño y no disponía de las defensas intelectuales que luego he adquirido y que me permiten distinguir lo malo de lo peor. Pero en mi ingenuidad e inconsciencia me aficioné tanto a la lectura de Russell que incluso me atreví con sus discípulos epigonales: Guillermo V.O. Quine, Alfredo J. Ayer, Rodolfo Carnap y Luis Wittgenstein, entre otros (por cierto, el problema filosófico más serio no es el suicidio, como afirmó Alberto Camus, sino saber si realmente Russel se tiró a Wittgenstein). He de confesar que, a diferencia de Russell, a quien leí con provecho, no entendí ni una sola palabra de lo que decían esos otros señores (ahora tampoco).
Russell nunca se declaró abiertamente ateo, era más bien agnóstico, algo así como un ateo con coartada, o como si un socialdemócrata asegura ser de izquierdas: una absoluta ridiculez. O crees en Dios o no crees, no hay otra, todo lo demás es una cobarde e interesada componenda. Y yo decidí no creer en Dios; Dios ya no existía para mí, lo había apartado definitivamente de mi vida, de mi mente y de mis afanes consuetudinarios. Sin la presencia del que había sido mi guía moral y espiritual hasta ese momento, y a quien debía rendir cumplidas cuentas de todos mis actos, comprendí que ya nada me ataba a los convencionalismos sociales ni a la represión voluntaria de mis instintos naturales, que pronto pugnaron por salir a la luz para poner en evidencia mi verdadera personalidad. Entonces se me ocurrió una ingeniosa sentencia que juzgué genial: si Dios no existía, todo estaba permitido.
Ese fue el principio de mi nueva vida ateísta hasta que, hace tres años y medio, un hecho en apariencia banal pero sin duda de clara e inequívoca inspiración divina me devolvió la fe y me permitió recuperar la vida de la infancia en compañía de Dios, la que de verdad me corresponde y a la que voy a ser fiel hasta el último de mis días ✠

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