Lo apunté hace unas semanas y lo repito: como ferviente defensor del sionismo y profundo admirador del pueblo que históricamente se identifica como judío, estoy muy decepcionado con los dirigentes políticos y militares de Israel; que no hayan sabido, podido, o lo que es peor, querido, encontrar otro medio de torcer la voluntad y la estrategia de Hamás, que a estas alturas se hace evidente que perseguía llegar al punto en el que hemos desembocado.
Israel estaba obligado a responder con violencia inusitada tras los ataques del 7 de octubre, sin duda. Pero violencia inteligente y bien dirigida, no siguiendo la “hoja de ruta” de operaciones a las que las ratas yihadistas los estaban invitando: masacrar inocentes escudos humanos adosados, con frecuencia de manera literal, a los legítimos objetivos armados, a esos milicianos que es como si no existieran, invisibles poco menos: ¿algún medio ha mostrado a uno de ellos reventado?, ¿en el recuento de víctimas se especifica el número de barbudos despedazados? Por supuesto que no, la guerra propagandística y sus cositas. Parece mentira, qué pardillos los Netanyahu y compañía. Qué estúpidos gañanes.
Por ejemplo, se podía secuestrar para torturarlos y asesinarlos a máximos y medianos dirigentes de Hamás, y a su gente cercana y querida; y a los enviados que Teherán tiene repartidos por la región azuzando y dando directrices, usando una supuesta causa que desde hace tiempo ningún musulmán se cree, para sus propios intereses y cálculos geoestratégicos.
Cálculos en la “mejor tradición” de Jordania y Egipto cuando en 1948 decidieron no echar toda la carne en el asador, que ya habría otra ocasión de guerrear y los palestinos expulsados de sus casas se jodieran en sus campamentos de refugiados, durante décadas contándoles la milonga que enseguida podrán regresar a sus hogares. Que solo un ratito más. Anda a tomar por culo, fariseos, tal para cual con Netanyahu.
En definitiva, golpear duro y sin piedad donde más duele a quien de verdad manda en la Franja, porque obviamente a Hamás —y ya no digamos a los ayatollahs persas— no le duelen nada los civiles gazatíes asesinados por las FDI, ni estos gazatíes tienen voz ni voto en intervenir para detener la ola de cinismos, miseria, y muerte que está cayendo sobre sus cabezas. Nunca tuvieron opciones, ni siquiera de escapar, ahora menos.
Unas FDI cuyos integrantes, reservistas o profesionales, se están manchando las manos y la conciencia de una sangre que no tenía por qué verterse y que en el futuro repercutirá sobre la salud mental de bastantes de ellos. Vaya deshonra para un cuerpo que siempre combatió contra un enemigo igual o superior; agresivo y audaz, brutal y sin miramientos porque entendían que la situación lo requería. Pero con un mínimo de dignidad, si es que alguna guerra la tiene. Lo de ahora... nada que ver. Qué vergüenza, 80 años de Historia más o menos honorable mancillados en 2 años. Por no hablar de la memoria del Holocausto. O del levantamiento del Gueto de Varsovia. O del bravo y honesto sionista Yitzhak Rabin, héroe en la hora de la guerra y héroe en la hora de la paz, que estará revolviéndose en su tumba.
Muy decepcionado, sí. Y el papelón será cuando Netanyahu y su equipo sean sentenciados como criminales de guerra por la comunidad internacional, posiblemente con Washington a la cabeza... y los asesinos integristas partiéndose el culo de la risa. Hasta el más obtuso ve que ese es el vergonzoso escenario que se avecina, si el fanatismo no lo cegara. Menos mal que la sociedad israelí reaccionará sabiamente en algún momento, como siempre ha hecho, y parece que algunos ya están empezando: Netanyahu criminal de guerra, y Hamás, también. Esperemos que sean muchos más. ■



